Héroes sin historia: una joven y su perro

By: juanrico

Jun 17 2016

Category: Uncategorized

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La ESTELA de XIRO
No estaba de buen talante aquel hunski. Aquella tarde, que el ábrego preñaba de humedad las nubes viajeras de la primavera, se hacía presente como nunca entre aromas de gamarza, lavanda y torvisco, acompañando el trino aflautado de los jilgueros y el tosco ronroneo de la tórtola turca que se apostaba soñolienta sobre las copas del olivar o sobre las atalayas de los álamos, que mecían sus ramas pertinaces impregnando el aire de mentol y torongil.
Nunca antes había replegado el labio superior que mostrara desnudos los incisivos y caninos al ocasional caminante. Se había mostrado recelosamente agresivo. No mecía la cola en son de amistad como otras veces. Estaba en un proceso de recambio, por eso el reluciente pelo de otras veces, ahora destellaba una tonalidad macilenta. Parecía como si se sintiera disminuido al faltarle lustre a su pelliza.
Desde que dormía en un jergón, apartado de mi dormitorio, Xiro se sentía extraño, inapetente y triste. No era consciente de que los pelos sueltos que dejaba a su paso incomodaba mi desvelo por la pulcritud; y eso, a pesar de que dormía en un cómodo cubil, que había dispuesto para su solaz comodidad, sabía que le faltaban mis caricias, cada vez más exigentes de ternura, cada noche más íntimas y más insólitas.
Por mi atractivo femenino, solía perturbar al vecindario con contumaces alaridos, tal vez de pena tal vez de despecho, que Xiro sabía expresar no solo cuando himpaba sino también con las patas delanteras, que erguido posaba sobre mi almohada como un amante que demandaba exigente el concurso de voluptuosa pasión, ebrio de calor y de deseo…
Tanto como él, deseaba que la estación apurase la incomodidad natural de desnudar su piel y vestirla de reluciente traje otra vez. En estos momentos me tengo que conformar con atender su perentoria necesidad de bañarlo, acariciando su prístina naturaleza mientras enjabono todo su cuerpo con primoroso tacto; sacarle a pasear todos las tardes camino del pantano; comprarle galletas o higos secos en el quiosco de la plaza de San Gregorio, que agradecía con lastimero gimoteo cada vez que le tendía la mano o saltaba sobre sus patas traseras para alcanzarlos entre mis dedos en alto, y acariciaba su húmedo hocico de mascota complacida…
No soporto sin embargo su obstinada aversión a los hombres que visten sombreros o gorras, sobre todo en esta época de cambio de vestido por primavera. La docilidad de Xiro se vuelve indómita siempre que salgo de la ducha, y tengo que encerrarlo en el jardín hasta que se le pase su insoportable predisposición al voyerismo, que termina por superar al hundir su olfato en la entrepierna que cubre mi bata de baño.
Xiro no es una mascota como cualquier otra. Sus caricias oportunas apartan de mi el desasosiego de la soledad extrema.

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