De senectutem

By: juanrico

Jul 28 2015

Category: Uncategorized

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El emperador Adriano, de acuerdo con la novela de Margerite Yourcenar, en las Memorias del emperador, confesaba a su muy joven médico, Iollas, que llegó a quitarse la vida para que el emperador no cometiera el suicidio con su intervención – a esto se le puede llamar, generosidad omnipotente- que no tenía miedo a morirse, pues había cumplido todos sus objetivos con los romanos. Sin embargo, le aterraba el séquito que acompañaba a la siniestra dama: los terribles dolores de la artritis, las ansiedad que produce la apnea, el obstinado rechazo del estómago a los alimentos, el hinchazón del hígado tras cualquier comida, la disposición al vómito, y sobretodo la necesidad de un lacayo que le ayudara a montar su caballo ( Boristenes ), del que afirmaba que conocía su estado de salud sólo al contacto con sus piernas. Vetusta, a pesar de los achaques de la enfermedad y sus efectos colaterales, se resistía a a dar la bienvenida a Tanatos, que, aparentemente, no le causaba ningún pavoroso insomnio, sino todo lo contrario: nunca la oí lamentarse de las fiebres ajenas, ni de las exequias por el recuerdo de los finados – su perspectiva superaba cualquier inquietud de cualquier mortal. Era consciente de que algún día llegaría y tendría que abrirle las puertas de la casa, como si de un santo de la Semana Santa se tratara. Vetusta, además, solía resistirse a considerar que su rostro estaba ajado de arrugas, de la misma forma, que sabia del conocimiento que prodiga una larga existencia; pero, aunque se encomendaba a Dios y a todas las vírgenes del santoral, dudaba de la inmortalidad de los hombres. “Nadie ha vuelto de allí; a nadie se le ha visto con el camión de Las Mudanzas”. ” La carne es débil, pero el espíritu es fuerte” -había hecho propia las palabras de Cristo en el Huerto Getsemaní en la víspera del oprobio final. Vetusta había asimilado de su mentor que uno es siempre dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras; por eso siempre rompía el hielo con el martillo de una pregunta, siempre sin esperar respuesta, o prolongaba sus silencios sin arrobo alguno como una meditada estrategia de defensa; sin embargo, a veces no esperaba otra pregunta como respuesta. Lo cual la desconcertaba. De la misma forma que el emperador conocía la incompetencia de sus hijos para sucederle en el trono, viéndose obligado a nombrar a Antonino, hombre capaz e idóneo para sucederle, aún al riesgo de ser traicionado y masacrado por sus legales herederos, inaugurando así una nueva dinastía en Roma, Vetusta, a pesar de ser consciente de las limitaciones y egoísmo de sus descendientes, nunca le pasó por la cabeza traicionar los dictados de su estirpe, y les nombró herederos de por vida de toda su heredad , comprometiendo su libertad a costa de su generosidad. Como si del dios Mitra se tratara, Vetusta, no se dejó hipnotizar por la astucia de la serpiente, a la que, sin renunciar a estrujar la cabeza del ofidio algún día, se la echó a cuestas, sin escatimar el peso, con la esperanza de utilizarla como arma contundente de ataque en su propio beneficio.

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