La chica de Nador ( VII ): mañana de cacería.

By: juanrico

Mar 29 2015

Category: Uncategorized

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Aquella lejana tarde del crepúsculo vespertino de un inolvidable agosto, cuando me reuniste con tus demás hijos y tu esposa a la solana de la casa, y una fresca brisa del atardecer aliviaba tu rostro, nuestra piel y mi frente húmeda de la soporífera tarde de aquel inolvidable verano -que las entrañas del tiempo oculta a mi memoria- me prometiste acompañarte al amanecer tras la pista del canto melifluo del alcaraván y el reclamo monótono de la tórtola, con el fin de sorprender dormidos todavía a la perdiz y sus polluelos entre el brezo y el torvisco… cuando a penas la tenue luz del despertar del día descubría en el cielo del mediodía a las tres estrellas, luceros o planetas conocidos como Las Tres Marías, o los Castillos que se alinean como vigilantes sobre el casi apagado añil del crepúsculo matutino, sorteábamos los riscos, jarales y tomillos entre las encinas que se aprestan por la mañana a rozar sus ásperas ramas pardas, trémulas por el suave roce de aquella marea casi imperceptible, que los afanosos campesinos suelen aprovechar para aventar la parva de heno sobre las eras y separar el cereal de la paja con bieldos que levantan sus desafiantes fauces de dientes de madera al viento, agitándolos con tenacidad aquellos rostros tostados por el sol radiante de la pertinaz mortificación…cuando de súbito, el lisiado podenco, al que un cepo de hierro le cercenó una de las patas traseras, y al que motejaste “Comotú” para chanza y confusión de los curiosos – ¿cómo atiende el chucho?,-husmeó la presencia de una liebre pardal y de pelo de color de la tierra, que se acurrucaba junto al arroyo de la fuente junto al chaparro, que un día mandara a empedrar tu abuelo, se dispuso a contener el jadeo y esperar el momento oportuno para saltar sobre su camuflaje de pellica gris y tembloroso cuerpo de miedo de hembra y libertad. Me apartaste con tu brazo derecho, y me situaste a tus espaldas por precaución, para a continuación abatir al lebrezno de un disparo de olor a pólvora librando a Comotú de una muerte segura de no haber dejado un trecho lo suficientemente amplio para asegurarle el éxito a su amo. Temblaba aún la alimaña de dolor y muerte cuando el podenco de color blanco y negro acabó con sus convulsos temblores y agitando el rabo en señal de felicidad, fielmente se lo entregó al cazador, que se lo arrebató de la boca al perro lisiado.

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