Cuento infantil: capítulo I

By: juanrico

Jun 02 2014

Category: Uncategorized

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…Eran dos niñas muy buenas, que dormían plácidamente: la más pequeña se abrazaba a su manta pequeña con cabeza de vaquita, que su tía Pilar le adquirió en la tienda Peke’s, a la que todas las mañanas saludaba con su habitual vahído propio de los bovinos:
– ¡ muuu ! que solía repetir con entusiasmo cada vez que sus papás y los abuelos le preguntaban:
¿ cómo muge la vaquita, Aoibhinn, ?
y la menor de las dos hermanas, entusiasmada de haber aprendido algo nuevo a los dieciséis meses, aplaudía feliz, por haberse hecho comprender en una de sus lenguas familiares. Abrazada a su mantita de peluche, la levantaba con sus manitas para a continuación apretársela contra su carita de melocotón, y cubrir sus ojitos tan oscuros como el grillo de la pradera, que todas las tardes a la puesta del sol, saludaba a las dos pequeñas con su soñoliento cricri, que las invitaba a juntar sus párpados, y a iniciar el concierto de su ronroneo de felicidad y satisfacción, mientras que Méabh, la pequeña de ya tres años, que se abrazaba al peluche anillo, que su abuelo lo compró, cuando era muy pequeñita todavía, en una tienda Mark &Spenser de Notts; y mientras que esperaba la llegada de Morfeo, resolvía rogar a su pequeña hermana que dejara de relatar, y casi en un tono muy exigente le repetía una vez y otra vez en inglés:
– ¡ stop talking, Aoybhenn; I wanna sleep ! – a lo que la pequeñita, muy pequeñita aún, Aoibhinn, no dábase por aludida, y continuaba con su personal blableo, como si mantuviera un interesante diálogo con el peluche, causando la impresión de estarle confiando sus íntimos secretos… Méabh, mientras tanto descubría en sus sueños aquel aeroplano tan enorme y ruidoso…
-¡ brum brum brum ! de aquellos motores, más grandes y más imponentes que los motores del coche de papá y de abuelo juntos; aunque ella prefería el color a café vienés del auto de mamá, que todas las mañana la llevaba a languardería junto con el trasto de su hermana, más pequeña y llorona que ella
– ¡ ah,ah,ah !; y la boca muy abierta reluciendo los blanquísimos incipientes dientecillos – a la que tenía que poner el chupete para que dejara de protestar durante el recorrido…

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