Cuento” La jira”

Ella se sentía cómplice con su mamá. Se afanaba en la cocina desde las primeras horas de la mañana; casi apenas lucían los primeros rayos de sol, y Eduviges había recuperado del escondrijo donde guardaba algunas monedas, de las que su marido Teófilo no era conocedor: ella solía distraer de las asignaciones, que el bueno de Teófilo le asignaba todos los meses para cubrir los gastos del las semanas, alguna cantidad de dinero para mejores fines -como ella solía pensar, aunque procuraba no confesar a nadie, ni siquiera a los más íntimos, sus pequeños secretos.

Aquella mañana, de Jueves Santo, había comprado en la carnicería de Usencio un quilo de chuletas de cabrito, con la condición de que no supieran a sebo, y empanarlas para ponerlas en la fiambrera de su Rosita con el fin de no quedar mal ante la mirada de sus amigas, cuyas madres así mismo competían por preparar la más suculenta de las meriendas. Eduviges, que , por su experiencia de joven sabía de la importancia que el día de jira tenía para las hijas en edad de los deseos, no le pasaba por su cabeza que alguna de sus amigas -ni Flor, ni Paola, ni Gertrudis ni Marisa ni Nieves- pudiera superar las chuletas de cabrito de su Rosita, ni la tortilla de patatas de seis huevos de yema amarilla ni los buñuelos de caña, que un día su abuela le enseñara a cocinar en el fogón de leña, ni a los pestiños de miel ni a las empanadas de almendra ni a los corazones nevados con clara de huevo muy batida ni al hornazo, al que metía en el horno de Miguelito, el que emigrara a Bélgica, con el mejor chorizo de la matanza, ni a las perrunillas…
Todas habían decidido pasar el día en el cortijo de las condesas, de grandes proporciones; y un salón de suelo de pizarra negra y paredes pintadas al óleo con escenas de caza del conde; y si acaso lloviera…, pues la mañana soleada se había cambiado a gris, oteándose ya por el horizonte a la altura de la charca enormes castillos grises coronados con ingentes balas de algodón blanco,…se convertiría en el más pretencioso de los refugios donde entregarse a arrumacos, y pícaros embelecos.
Todas habían concertado reunirse en casa de Rosita para salir en tropel, todas juntas camino de la dehesa, que no se encontraba a más de una legua.
Sin embargo, Paola y Flor habían convenido en llevar un burro que cargara con los pertrechos y víveres para la ocasión. A lo que todas aplaudieron con entusiasmo.
Melindrosa, a la que Marisa había invitado sin el consentimiento de las demás, que, sin embargo, no la recibieron como una posible competidora – pues trababa el ojo derecho- toda vez que ofreciera un gramófono viejo, el de su abuelo el marqués, y discos de actualidad, por si la idea de organizar un guateque venía al caso.
Cada una de las amigas daba por hecho que los jovenzuelos del pueblo vendrían sin ser invitados a jugar el partido de futbol en la era del quinto de la casa, que solían usar por estos días, una vez que las vacaciones de Pascua daban a su fin, y deberían algunos volver al internado.
Nadie podía figurase que a Rosita le sobrara comida. Todas envidiaban las chuletas tiernas de cabrito, la tortilla de huevos y patatas, y la apetitosa variedad de dulces, que su madre puso en la cesta con primor la noche anterior.
El chico con el que entretenía sus sueños de adolescente ni siquiera se había dignado a mirarla en todo el día. No sospechaba Rosita que el resto de los amigos habían descubierto su argucia para atraérselo.
A penas habían probado nada de su primorosa cesta. Rosita casi no se atrevía a hablar por temor a que descubrieran su entrecortada voz; casi se le saltaron las lágrimas de contrariedad por el rechazo, sobretodo al oír a su lado el comentario de una de sus amigas.
– “He sido muy feliz esta tarde. Me ha cogido la mano muy fuerte y me la he llevado a mi corazón, que me golpeaba con tal fuerza que parecía salirse del pecho. Esta noche él llenará mis sueños.”

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