Prosopopeya de un pueblo: desde el Paritorio de Horn en Dublín a la Churrería El Palomar en Guareña


De lo que temen las mujeres y callan los hombres.
Había pretendido que se formara en la churrería de Juanfra un batiburrillo semejante al menos al de aquella mañana lluviosa de Dublín en el paritorio de Horms, con la presencia en le vano de la puerta del señor Malachi Mulligan, que contaba con las pretensiones de fundar un Enseminador y Fertilizador en la Isla de Lambay, perteneciente al dueño del Castillo de Malahai, de Sir Talbot, valiéndome, por mi parte, de la noticia del diario regional, donde aparecía la popular personaje, que, con unas lágrimas oportunas y unas historias inanes, resueltamente hábil, embaucaba a las ordinarias amas de casa que, compungidas, se compadecían de las lacerantes tribulaciones, a las que se sometía ante los focos y el plató, en las emisiones de programas de alto rating, la popular Belén Esteban, ex mujer de un conocido matador de toro. Interrumpo, con este fin, el ensimismamiento de un habitual que hojeaba un diario deportivo, del cual me sorprendió su respuesta.
– No la conozco- replicó con insultante laconismo a mi amable deshielo; del que me quedará la duda si se trataba de un oportuno desprecio a mi inoportunidad, o del resultado de una tímida ignorancia.
Juanfra me sacó de dudas al instante:
-Tiene un nuevo novio: su mánayer, – me confirmó con autoridad incuestionable el churrero.
No esperaba que sucediera en la churrería la ventrielocuencia del Sr. Castello en el hospital materno de Dublín, que, empapado como una cuba alarmó a la concurrencia con sus denigrantes vituperios contra la enfermera Ms Callan y sus contoneos de cintuta, y las supuestas caricias que el doctor O´Gargaras se permitía propiciarle a la barbilla de la monja. Pues, en la churrería de Juanfra el escenario no resultaba el más adecuado, ya que siempre una concurrencia femenina de veceras se hacía presente todos los días, y, por consiguiente, aunque aquí la ingesta de alcohol se limitaba a una copa de anís seco o de limonello, tampoco era habitual el escarnio general contra las mujeres, como solía ocurrir en el Dublín del siglo XX, donde la costumbre y la honrosa reputación las vedaba de compartir borracheras con los hombres, y por consiguiente las vejaciones verbales de los hombres a las mujeres no solían ser insólitas.
La Princesa del Pueblo hubiera significado la causa más ocurrente que soliviantara las cuitas de los maridos y sus desvelos. Pero aquí, como en Irlanda, el desenfreno verbal se activa con el fuel de la bebida espiritosa y…

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