Prosopopeya de un pueblo: desde la bahía de Dublín a las cálidas arenas de Islantilla (Huelva)

By: juanrico

Jan 14 2014

Category: Uncategorized

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En la costa de Sandycove, en la bahía de Dublin: al fondo la Torre Martelo donde Joyce inicia la novela
Más importante del S. XX – Ulises
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Como sí yo mismo trasteara por la arenosa y abrupta playa de la bahía de Sandycove, que relucía en la costa norte como un avanzado centinela, y como uno de los pescadores, que horadaban las oscuras aguas de aquel remanso del Irish Sea, y descubrían al anochecer las tintileantes luminarias a través de los apagados tules que insinuaban los rostros ansiosos de las mujeres de los hombres del mar, en un vaivén de sombras en movimiento, a las que los lobos del mar irlandés soñaban con aproximarlas a golpe de remos y de velamen desplegado por el viento gélido, que medía sus fuerza con los brazos de los marineros…, me disponía a recorrer a lánguidas zancadas de mi intimidad virginal el crepúsculo, bajo cuya anaranjada colcha de luz que el tenebroso velo del este se iba echando impunemente sobre la silueta, cada vez más morada, del rutinario ocaso del mortecino resplandor, que se apagaba entre nubarrones oscuros, preñados de tormenta y agua, los cuales avanzaban al compás del estruendo del oleaje, el cual se descuartizaba en porciones de un amasijo de espuma y sal contra las rocas de la costa, cubiertas a la sazón de un musgo verde y resbaladizo, sobre el que Gerty no temía ni dudaba sentarse y descubrir a sus espaldas las luminarias de fuegos artificiales que con su estruendo se descomponía en un caleidoscopio estrellado sobre el cielo de Dublín, al tiempo que abrazaba una de sus rodillas, que al inclinase hacia atrás permitía descubrir sus torneados muslos para que el caballero que la observaba de frente pudiera percibir con nitidez los encajes azules, rosas y verde que adornaban el blanco lienzo de sus bragas insinuadoras, dejando que su corazón jadeara incontrolado ante la conciencia de saberse observada de cerca por el caballero que resultó ser Leopoldo Bloom…
En tan elevados sueños me vadeaba cuando por la bulliciosa arena de la playa de Islantilla, una gitana bullanguera azuzaba al escuálido negro del África subsahariana, a que empujara la carretilla que contenía una bidón cubierto de politileno amarillento y sucio, el cual rebosaba de refrescos y colas en hielo de diferentes marcas, que ella misma se encargaba de desgañitar, y como bien requiere la propuesta comercial a orillas del mar cálido del océano por estas latitudes; envuelta en sendas prendas blancas, pantalón y camisa de amplio vuelo, representaba un paisanaje traslúcido de Sorolla, la cual, sopeso, no tenía pretensiones insinuadoras, sino más bien el genuino uso del esclavo de día para convertirlo tal vez en amante de noche.

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