Aquella arrumbada Nochebuena de tu infancia y de la mía…

By: juanrico

Dec 25 2013

Category: Uncategorized

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en el más recóndito rincón del arcón de mi memoria y de la tuya, que fue el futuro de olvidados presentes de otras gentes que vivieron, retozaron y se afanaron en el corto o largo recorrido de su existencia, cumplieron con el designio al que se reconocían subyugados sin que se preguntaran por la causa ni el fin ni el medio, también entonaban como ángeles olvidados las letrillas profanas y pías de los villancicos, aireadas por boca del ciego del romancero, que se trasmitían de memoria de abuelos a nietos y de padres a tíos, y, como si de una creencia natural se tratara, con sumisa devoción escenificaban en su interior los pormenores de un niño, al que reconocían como hijo de un Dios, tal vez remoto…y forastero.
Por aquellos páramos de tomillo, jarales y brezo, los hijos casi desnudos de los pastores, que apenas se abrigaban de una zamarra de pellica de cordero sin mangas, acompañados de panderetas de piel de gato, de cuyo centro se anudaba un palo tieso, al que con frenética percusión agitaban sobre el brocal de un càntaro hueco, y frotando una tosca cuchara de latón contra el rugoso cristal de una botella blanca que hacía de instrumento, felices y ruidosos los gañanes sorteaban jubilosos las aulagas y los tojos en aquellos tan lejanos, y tan próximos tiempos.
Mientras los zagales, Ricardo, Florencia, Cándido, Eliodora y sus hermanos pequeños, saltaban del chozo, abandonando el calor de los leños cuando su madre “la Chuquita” guisaba los lomos y ancas de unos lagartos verdes, y con Natalio, el cabrero, que explotaba las bombas abandonadas y las granadas de la guerra en las trincheras de barro bermejo, formaban por aquellos cerros poblados de carrascos y del endémico madroñal , un concierto; y el pastor de pata de palo vigilaba a la lumbre de arcilla un puchero de potaje, de bellotas lleno, arrullando a sumujer un villancico de amor que el pastor identificaba con el sexo…
Los zagales, de letrillas profanas los villancicos de Dios, por los riscos y las vaguadas, por las lomas, los riachuelos y los cabezos ,le veneraban entonando cancioncillas sacras, que, desafinando notas, sin querer rezaban al estrellado inmenso manto del negro firmamento… cuando, de pronto, cesó el estruendo de las bombas que el hijo del “Chulillo” había estallado en el fuego, apareció Natalio, como un fauno, montado en los lomos del carnero, sujeto a los retorcidos cuernos, como si se tratara de un reno, con el rabo en llamas el cabrón daba berridos de dolor y saltos de Belcebú como sacado del mismo Averno. Y los zagales reían y cantaban de alegría y de emoción la siguiente rima y el popular verso:
” A Belén llegó una burra,
Rin rin
Yo te remendaba, yo te remendé,
Yo le puse un remiendo, yo se lo quité,
cargada de chocolate,
Rin rin
chocolate del chocolatero
Rin rin…”
Ya el lucero blanco y el lucero rojo palpitaba en el oscuro cielo…

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