Fin de Feria…(I)

By: juanrico

Aug 27 2013

Category: Uncategorized

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A pesar de haber tañido el reloj eléctrico de Santa María las doce horas de la oración del Angelus cuando, en otros tiempos, los labradores descubrían su cabeza y se postraban de hinojos junto a sus yuntas al anunciar las campanas de la torre la venida de nuestro Señor, los lugareños recuperaban el resuello de la larga madrugada bajo la declinante luz de la luna, que abandonaba ya la fase de plenilunio, y atolondrados de haber sufrido las estridencias de la megafonía de los tenderetes de la feria…yo recorría, como habitualmente hacía, la interminable y desoladora rectilínea de la avenida de Luis Chamizo, cuando a penas el susurro de una conversación entre dos mujeres desde la profundidad de la vivienda irrumpía en aquella tediosa monotonía de una mañana de feria, cuando ni siquiera los bancos de la Fuente de San Roque, que solían acoger los pertrechos cuerpos ajados de los habituales ancianos la mayoría de los días, los que cortésmente respondían a mi amable deseo de salud todos los días, esta mañana estaban vacíos.
Como un intruso que invade la propiedad de otro, me hacía dueño de la sombra que las fachadas de las casas humildes proyectaban sobre el acerado de baldosas baratas de cemento, cuyo diseño a cuadros en relieve evitaba en los días lluviosos de invierno los resbalones de los ancianos que sortearan los peligros de la humedad en las tardes de niebla y las noches del frío invierno.
Un máquina de enormes cepillos redondos daba vueltas y revueltas de un lado a otro del recinto ferial, como el enloquecido ebrio que incapaz de encontrar el norte, aspiraba los detritus menores que los vecinos habían
dejado caer, inconscientes de su fechoría, sobre el buen cuidado asfalto del vasto recinto ferial durante la noche.
La copa joven de las acacias, que el ayuntamiento había plantado a lo largo del paseo, me acogía con un aire entre cálido y agradable, que al rozar mi camisa, enfriaba las manchas húmedas de sudor que por el pecho y la espalda se volvían indiscretas en aquellas horas tórridas del mediodía.
Las camionetas y caravanas a uno y otro lado del paseo propelaban el ruido melancólico y agobiante de los extractores de la climatización, que permitía a los titiriteros descansar de la brega de la noche; parecía como si alertaran al caminante que detrás de esas paredes de latón y y peuvece se respiraba vida, sueños y cuitas de familias de itinerantes dedicadas al noble menester de entretener.

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