…La chica de Nador (IV)

By: juanrico

May 01 2013

Category: Uncategorized

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Aquellas noches largas y oscuras, cuando a las estrellas las velaba un manto de nubes grises, y la luna ocultaba su resplandeciente brillo durante la fase de Luna Nueva, el ábrego mecía el velo gris que cubría el firmamento, para, a continuación, descargar una torrencial lluvia, la cual solía persistir en su monótono chisporroteo a lo largo de la noche y durante la mañana del día siguiente. Las cortinas de lluvia se precipitaban con violencia sobre el tejado de la casa de campo para, a continuación, ceder el paso a un persistente goteo que se obstinaba en asemejarse a las notas recurrentes del teclado de un piano, mientras que el rescoldo de la chimenea elevaba una cortina de tul mortecino, que se hacía trasparente al erguirse por encima del tejado y abrazar el espeso claro oscuro de los cúmulos grises, los cuales se despedían soñolientos en dirección este.
En el transcurso de la noche, dormíamos en los brazos de Orfeo, por el placer que produce saberse cobijado entre sábanas blancas de lienzo y mantas confortables de lana sobre un colchón que, con entrañable primor, tu madre había mullido a lo largo de la mañana; y la monotonía de la lluvia, que se precipitaba sobre el tejado al compás del sonoro discurrir del aguacero caído sobre los canales formados por las tejas, convirtiéndolos en rebosantes corrientes de agua en aquella lluviosa noche de noviembre, que en su contacto con la acera de piedra emitía una parsimoniosa melodía de placer monótono e inolvidable.
Para los niños, como tú y como yo, aquel tintineo de gotas de lluvia precipitándose sobre el acerado de piedra, sobre una formación de lanchas planas rebuscadas en la ladera del monte y transportadas a lomos de bestias de carga o en carruajes de ruedas de madera de cinchos de hierro…
(-¡ ría booo !, aún la resonancia de la imperativa voz del mozo, Jorge, que guiaba a las acémilas de tiro la reconocía en lo más profundo de su conciencia-)
…habían propiciado un acerado conveniente alrededor del cortijo que impediría que el agua vertida por los canales del tejado socavara el cimiento de las paredes exteriores, que, sin embargo, nadie pudo imaginarse nunca que durante la estación lluviosa iba a servir de somnífero durante la noche, como si fuera una disposición del teclado sobre un piano rústico.

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