La Chica de Nador (III)

By: juanrico

Mar 03 2013

Category: Uncategorized

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“ A la entrada del destacamento en Monte Arruit, los cadáveres azulados de los solados españoles, ya corrompidos por el sol, emitían un hedor a animal muerto, de tal suerte que se hacía tan insoportable… el pestazo de los valientes soldados españoles, que, amoratados yacían a nuestros pies: estado del que la suerte me complació por haber sido herido en el Barranco del Lobo, y no haberme encontrado entre los cuerpos azulados e inertes de los soldados muertos, que yacían a las puertas de Monte Arruit.”
-¡“ Papá, cuéntanos cómo mataste a un rifeño “! – le insistías a tu padre que nos relatara aquel hecho de guerra del que él nunca se sintió un héroe.
“ Los hombres de Ab-del-Krim se batían en retirada: a uno de ellos que montaba una cabalgadura le derribé del primer disparo; posteriormente, trataba de levantarse del suelo, al que de un certero disparo le abatí de tal suerte que nunca más se volvió a levantar. ¡Un enemigo menos, exclamé! : su caballo emprendió una huida desaforada por aquellas inhóspitas estepas, tamizada de polvo ocre.”
Siempre, aquella hazaña bélica le golpeaba su conciencia, como si de un homicidio se tratara…pero en sus ojos se adivinaba el remordimiento de haber abatido a un ser humano que vestía un turbante y una chilaba blanca a horcajadas encima de una acémila, que huyó a galope al verse librada de un jinete que la espoleaba en nombre de Ab-del-Krim. Además, a tu progenitor le sublevaba la frustración de haber sido convocado a la guerra a pesar de haber librado el óvolo ( “la cota”) para ser sustituido por un mercenario.
-” Mira, ese del moquero, que se cubre la nariz, soy yo,” – solía proclamar con cierta frecuencia mostrando la postal de la llegada del Rto. Castilla a las puerta de Monte Arruit, donde la caballería había sido derrotada con anterioridad.
“Durante nuestro asalto a las posiciones moras, con el fin de recuperar Monte Arruit para España a las órdenes del general Berenguer y su comandante en jefe, el general Silvestre, una bala de cañón, robado a las tropas españolas con anterioridad, me enterró en piedras al golpear el sillar que me protegía. La medalla de la virgen de Guadalupe que colgaba de mi cuello hizo su trabajo”…

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