De aldeanos y urbanitas

By: juanrico

Nov 25 2012

Category: Uncategorized

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Aperture:f/2.8
Focal Length:3.85mm
ISO:1000
Shutter:1/14 sec
Camera:iPhone 4


-¿ No me conoces ? – interrumpió sin disimular su descaro mi paseo matinal; el de todas las mañanas. Uno siempre espera un saludo convencional -hola, qué tal ? buenas…- de alguien que conoces.
A primera vista no reconocí a la interpelante mujer, que parecía como si me hubiera esperado durante mucho tiempo en una de las esquinas que delimitan al colegio de las monjas de la Compañía de María. Se hacía acompañar de una joven en sus treinta y tantos , a la que esperaba un hombre de más edad tal vez, que cubría sus ojos con unas gafas de sol de moda rampante, cuyos cristales ahumados sobre una estructura negra y de plástico duro se asemejan a la pupila de cualquier lepidóptero. Parecía un galán retraído y discreto, cuyo atuendo no delataba su profesión. Confesó que habíamos coincidido en el mismo Instituto, aunque nuestro contacto fue muy limitado ya que enseñaba física, un departamento diferente. No se inmutó ante mi presencia, pero reparé que no despegaba su mirada de mi, mientras escuchaba con atención la perorata de Pascualia, que como tal era nombrada mi sorprendente desconocida, según pude saber a lo largo de su lineal alocución.
-“Mira, máma, ése que viene con el sombrero es el hijo del Pintao”- le había puesto en los pormenores la joven con anterioridad.
-En realidad soy hijo de Antonio de Miguel de Curro, y de Carmen, hija de Francisco, hijo, también de Curro y de María de los Santos, de Agustina y Demetrio Murillo – le respondí con la finalidad de evitar que evocaran el alias de mi progenitor, por el que me relacionaban y evitaban los aldeanos los tratamientos de cortesía y deferencias. Y recurrí, sin embargo, al entramado genealógico que se solía considerar en la identificación de las personas: un recurso incluso más elocuente – y tan pintoresco, si cabe, como los alias- que la misma repetición aséptica de apellidos, que suelen ser entre los vecinos de las aldeas, y no ayudan a descifrar la relación de parentescos que suele ser habitual entre sus moradores.
Comprendió la señora – Pascualia- que me resistía a relacionar a su persona con su identidad, por lo que convino nombrar a su marido con la esperanza de sacarme de mi inquieta curiosidad, sin tener que hacer referencia a los alias ni al testimonio de enlaces genealógicos.
-Soy la mujer de Fidelis, gerente de Antonio Covarrubias, dueño que fue de la empresa de mayorista de ultramarinos – me explicó sin más complejos circunloquios. Aunque, taimado por mi parte, disimulé la captación del mensaje tratando de averiguar el alias y los elementos singulares de su árbol familiar.
-Sí, hombre, soy nieta de Juan del Cano de la Salud ! ( Juan, hijo del Cano, hijo a su vez, de la Salud)
-¡Ya, ya, mujer: ¡ Tu marido fue “quinto” mío ! – metí de cuña una hiperbólica confirmación intentando reducir al límite la prolongación del encuentro circunstancial- el cual solía hacer el recorrido a mi lado durante las procesiones de Semana Santa en el pueblo, principalmente la del Viernes Santo o procesión del Sepelio de Jesús.
Los aldeanos no suelen mostrar interés por nuevos encuentros, obviando el compromiso de invitar a los paisanos a tomar café en sus domicilios,así que se hiciera más ponderada su presencia, y se profundizara en la amistad. Sin embargo, Pascualia, advirtiéndose de mi desasosiego, fue derecha al “meollo”, al tema que, sopeso, habría recapitulado son frecuencia, tal vez desde hacía más de cuarenta años.
-¡ Era la más guapa de los alrededores ! ¡ Cuánto sufrió ! – me desconcertó al cambiar de escenario y de actores; pero adiviné “ipso facto” que abordaba un acontecimiento que ocurrió hacía mucho tiempo.
– ¡A mi amigo Antonio le hubiera encantado…! y sin embargo, se suicidó mientras hacía balance de la empresa – rechazando de esta guisa los pormenores, que pudieran formar parte de la vida privada- le traje a escena la muerte trágica del jefe de su marido, que iba a substanciar la ruina del negocio.
-¡ Hay que ver, la vida ! – me respondió un tanto apesadumbrada por la ya lejana tragedia.
-¡ Tiene los ojos de su padre, de marrón claro y trasparentes como la misma miel ! – volvió a ubicar a los personajes en una escena distinta -sospecho- al comprobar que había horadado la mirada de su hija con ostentosa insolencia.
Sorprende la obstinación que algunas madres sostienen en resaltar los rasgos de las hijas que mejor se ajusten al parecido de los maridos, como si detestaran que se pusiera en duda la paternidad.
-Vivimos en el pueblo y aquí: aquí tenemos dos chalets en la carretera de Portugal, junto al Faro; y en el pueblo, una casa de campo con transformador eléctrico propio, por lo que pagamos €200 al mes de fijo, – haciendo resaltar el éxito de su marido como gerente…intentando subrayar que el hecho de haber estudiado en una universidad o ser miembro de una familia de cristianos viejos y ricos no era condición sine quanum para hacer fortuna, eludiendo siempre hacer valoración de la cultura.
-“Eras ideal para cualquier chica joven de aquellos años: de familia rica, estudiante mundano, y lejos del alcance de cualquiera; que salía al extranjero, que sólo estaba reservado a los emigrantes…y, además, le gustaba meterse en política”…
-Sí, eran tiempos muy duros para todos… y había que ser valiente y no tener miedo, ni siquiera a la propia familia católica y de derechas como la mía- me defendí intentando evidenciar la cobardía de muchos y la valentía de pocos, pues todas las balas que disparaba contra mí iban en la misma dirección y cargadas de la misma munición de reproches, de resentimiento y de admiración a la vez, pero sin recatarse de su obscena complacencia.
-¡ Aquellos tiempos el divorcio estaba proscrito ! le dije levantando el timbre de voz a la vez que doblaba la esquina.

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