El óbito

By: juanrico

Oct 28 2012

Category: Uncategorized

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Aperture:f/5.6
Focal Length:20mm
ISO:400
Shutter:1/100 sec
Camera:Canon EOS 400D DIGITAL


Recorría mi pensamiento, apesadumbrado y mustio, como una resonancia involuntaria que golpeaba el recuerdo de aquella anciana, postrada y angustiada en su catafalco, como un lecho agónico, los gemidos y la ansiedad, que doblega la voluntad humana en su intento de huir de la desdicha, de aquella mujer, que a pesar de su dolor, no la vencía la desesperación ni el cobarde recurso al suicidio liberador.
Transcurría a mi compás el ajetreo de coches que se entrecruzan por la calle nueva, ajenos los conductores, tal vez, a la inusual acontecimiento, que, por tratarse de una persona joven, debería machacar los devaneos de los locales, más bien distraídos por el ocio y el negocio de sus ordinarios deberes; algunas ancianas, que cuchicheaban en las esquinas, no mostraban ni dolor ni inquietud, por lo que deduje que no se referían a ningún luctuoso acontecimiento, sino, por el contrario, intercambiaban impericias a la hora de confeccionar “la merienda” de sus maridos, que aún de noche, casi con la tenue luz del crepúsculo, habían puesto a punto sus pertrechos para dirigir sus huesos en sus destartalado vehículos al tajo con el fin de continuar con las tareas interrumpidas el día anterior.
Apenas llegaba a la plaza del Altozano, las campanas de la torre de la Iglesia de Santa María, doblaban con más fuerza y claridad de lo que solían hacerlo habitualmente, una anciana religiosa me detuvo, y me saludó con un beso por saludo.
-¿ Dónde vas, hermana, tan sola y tan de prisa, tan de mañana ?
-Al entierro del desdichado hombre joven, vecino de Mérida, pero nacido y criado en Guareña.
Las hermanas no suelen olvidarse de Dios ni siquiera, y con más razón, cuando la voluntad divina se manifiesta con patética crueldad. A pesar de todo, los terribles sucesos no quebrantan su ciega fe en las palabras de promesa en boca de Jesús de Nazaret.
-¡ Qué viejo te veo ! – dijo la monja ahondando en la decrepitud con la que las años suelen ajar el rostro de los hombres a medida que la edad realiza su biológica rutina, aunque uno pudiera haber reparado en el intento solidario de una religiosa a la que el paso del tiempo, tampoco, le es ajeno.
-¡ Cuanto más viejo, hermana, más cerca estamos de Dios ! – le respondí sin ánimos de poner en entredicho sus dudas sobre la vida después de la muerte; sin embargo, me sorprendió la interrupción de nuestro corto diálogo con una apremiante excusa.
-¡ Se me hace tarde: debo encender las velas del altar antes de que empiece la misa ! y, sin mediar más palabras, dirigió sus pasos a través de la plaza El Altozano para terminar sorteando los los coches aparcados al rededor del atrio de la iglesia, sobre cuyos techos de latón reverberaban los rayos del sol de medio día en una sinfonía caleidoscópica dispuesta a participar en los actos del óbito.
Aunque Daisy me había confesado su disposición a no asistir a los oficios del entierro, más tarde supe de ella que nunca había visto la Iglesia de Santa María tan llena de público, que, incluso los devotos lugareños se apelotonaban en las escaleras del coro.
Me había sorprendido en esta ocasión la disposición de Daisy a no asistir a ceremonias luctuosas de personas que le eran ajenas; aunque, tras mi observación -por tratarse de un hombre joven, tal vez- movió su voluntad y, se dispondría a participar de las honras fúnebres del desdichado finado, por cuya dolencia el pueblo se preguntaba por si hiciera falta poner algún remedio a tan fatal desenlace: que si había fumado o bebido en exceso, que si tenía algún ascendente genético contra el cual lanzar encarnizadas culpas. Con toda seguridad la muerte de una persona en la plenitud de su existencia, a Daisy le había trastocado sus principios vitales de que las personas nacen, crecen y se multiplican, pero cuando van acumulando años, lo más natural es que fenezcan.

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