Guareña: a la luz del crepúsculo

By: juanrico

Sep 28 2012

Category: Uncategorized

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Aperture:f/2.8
Focal Length:3.85mm
ISO:1000
Shutter:1/15 sec
Camera:iPhone 4

A penas se ha echado sobre el barrio humilde de peones eventuales la azulada luz del ocaso, los ancianos sacan las sillas del interior de sus aposentos y toman asiento sobre el acerado, casi interrumpiendo el paso a los usuarios, de tal suerte que uno se ve obligado a interrumpir el paso por la acera, ante la cortés disculpa de algún vecino…
¡ No hombre, pase por medio !
que agradecido responde complacido…
No tiene importancia!
….Continuando con la rutinaria perorata, de temas habituales: las dolencias de siempre, la artritis, el riego sanguíneo, los mareos, la falta de apetito; el tratamiento y los fármacos que no producen el deseado resultado…; las dolencias de un vecino, al que no le dan con el origen del mal; de la falta de trabajo para los jóvenes; de los precios de la compra; de lo que ha dicho la televisión en el noticiario de las tres…; de otro vecino de la calle Luis Chamizo, que lo llevaron al hospital comarcal de Mérida; del forastero que de tarde en tarde recorre la calle y despierta la curiosidad entre el vecindario; de la nueva churrería que han abierto en la calle el Arroyo; del descaro en el vestir de una vecina que enseña hasta las entrañas cuando friega el umbral de la puerta…
Dos jóvenes con el dorso desnudo y pantalón corto golpean un balón de goma en medio de la calle, sorteando los coches, siempre los mismos, aparcados a uno y otro lado de la calzada, mientras se motejan con nombres de futbolistas populares…
Pásame esa, ahora con el empeine!
Vamos, no seas un pasmao del Madrid !
La oscuridad de la noche se precipita con rapidez desde el saliente al poniente, desde la alameda de la charca hasta la portentosa luz artificial que ilumina el campanario de la iglesia santa María; y en una triangular plaza, cercada por un seto casi amarillento por falta de riego, sobre un banco de piedra, detienen el tiempo tres o cuatro lugareños que se interrumpen sin recato: tres o cuatro pensionistas ,sospecho, en cuyos rostros se advierten las mismas arrugas del desasosiego producido por la intranquilidad que la inseguridad le proporciona el martilleo de las noticias en la televisión todos los días, al tiempo que se sublevan contra la recomendación del galeno y aspiran con ansiedad el humo de un pitillo de marca americano.
“ No tiene que hacer caso a mi padre” – me soliviantó una voz a mis espaldas, que me hizo detenerme al punto.
“ ¿ Está usted dirigiéndose a mí?” – le interrumpí a sabiendas que se trataba de la hija de José Pozo.
“¡Mi padre tiene Alzeimer!” – me importunó con descaro.
“ ¡ Su padre tiene muy buena memoria para sufrir esa dolencia, señora ! – le contesté poniendo cara de sorpresa ante tal ligereza.
La salud de José Pozo se había deteriorado en las últimas semanas. La insuficiencia renal que le habían diagnosticado empeoraba por días: estaba necesitado del popular Sintrón, que se le administraba periódicamente…
“ Ya no soy el mismo” – me confesó sin nombrarme por considerar que al hacerlo supondría un exceso de confianza por su parte.
“ No desfallezca, Sr. José; no desfallezca” – quise animarle a superar el trance por el mal estado de salud que transcurría.
“ Ya no siento ganas de nada -me dijo casi como un lamento y bajando la mirada hacia el ángulo que forman los muslos hacia la cadera, como si quisiera culpar a su impotencia viril de todos sus males.
“José, recréese en los momentos álgidos de su existencia: los atardeceres en el monte con sus cabras, las putas de Mérida…

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