El k@sera de Guareña ( 2da. parte )

By: juanrico

Jul 04 2012

Category: Uncategorized

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Aperture:f/2.8
Focal Length:3.85mm
ISO:500
Shutter:1/14 sec
Camera:iPhone 4

Me encamino con cierto desconcierto hacia el K@sera, churrería de la competencia, en una mañana de somnolienta calina entre velada por un tul de tuareg sahariano, que impedía contemplar la habitual cerúlea bóveda cósmica y mañanera; y en los rostros de los pocos transeúntes se percibía el desasosiego habitual y la resignación implacable, impuesta por la climatología en estas circunstancias.
El K@sera es un garito con pretensiones de modernidad: eleva la tonalidad del diseño, si la comparamos con la popular y entrañable churrrería del Palomar; separa el espacio donde se fríen los churros y se amasa la harina del “lounge”, que pretende prestar una comodidad adictiva al gusto del parroquiano, con las paredes pintadas en colores vivos, que observan el gusto del momento, que contrastan con el mobilario, de mesas y sillas, que guardan una resonancia con el gusto rancio de la restauración del siglo XIX, de encimeras de mármol blanco y sillas de respaldo torneado de madera de imitación a haya con asiento de trenzada filigrana; un mostrador de piedra de granito gallego, brilla de pulcra asepsia, sobre el cual destacan varias macetas coquetas, de discreto tamaño, que, de cerámica de Barcarrota, probablemente, pretenden educar al consumidor en el hábito de utilizarlas como depósito de bolsas de papel y servilletas.
Teniendo en cuenta la geometría rectangular de la cafetería, el juego de mesas y sillas están colocadas estratégicamente para que el consumidor pueda ver y escuchar al electrodoméstico de plasma colgado en la pared del fondo; y con el fin de no incomodar al cliente, apostado sobre la barra, otro artefacto de plasma de las mismas dimensiones que el anterior rellena un espacio vacío del flanco izquierdo, que no interfiere las emisiones sonoras gracias a dos altavoces colgados sobre la marquesina de la barra del mostrador. Una cafetería con pretensiones de distinción, donde los parroquianos del Palomar se sentirían incómodos.
Un discreto murmullo tiñe de realce y confort la atmósfera del K@sera, cuya @ insertada en rótulo sugiera el carácter cibernético del negocio, aunque ni siquiera proporcione una linea Wifi a los parroquianos.
Se cuida el detalle con originalidad :una cesta, porta periódicos, que invita a los vecinos a elegir entre varios diarios, deportivos, locales o regionales: una opción interesante porque amplía el abanico de clientes, al tener en cuenta la inquietud de los vecinos por los temas políticos y culturales, locales y regionales.
Justo detrás de la cristalera que separa la cocina del café, una pareja de tonsurados, de aproximadamente la misma edad, de plumaje negro y pico blanco, uno más corpóreo que la menudencia del otro, picotean sin descanso la rosca de buñuelos, acodados en la barra delante de sendas tazas de café, cuchicheando algo imperceptible al observador, cuyo mensaje puede ser captado por una camarera en shorts, en cuyo tema la chica de largas y morenas extremidades parece no demostrar interés, a juzgar por el trajín y profesionalidad de su cometido.
Yo te pongo con él secretario de la archidiócesis, que es amigo: no te preocupes… bis bis bla bla, hablaba el gordito con cara de buena persona a su interlocutor o señora, con elu celular pegado al oído…
Bueno, guapísima: un beso muy fuerte.
Me sirve con comedida destreza un café de agradable aroma, aunque escaso y tres churros, bastante grasientos, sobre una bandeja de plástico duro y adornada de llamativas flores, por lo que no estimulan el apetito.
La empleada, nada proclive a la familiaridad con el desconocido,libera una forzada mueca, sin que se la pueda definir como sonrisa, en compensación al trato de un transeúnte circunstancial como yo.
A mi izquierda, y sobre el recodo del fondo, que describe la barra, una pareja de municipales locales repone la energía derrochada durante las dos horas de su abnegado trabajo: chocolate con churros el más entrado en carnes y café con tostada de aceite y ajo, el más delgado, sisean una intrascendente charla, de la que apenas se puede percibir el tema, como si no quisieran interferir a la locutora de TV1, que se desgañita relatando noticias y comentarios sectarios sobre lo mal que resuelve el gobierno los problemas de la economía.
El guardia que toma tostada y bebe café demuestra una cierta destreza en el manejo de los cubiertos, aunque son tan diminutos los trozos de pan que al engullirlos, abre la cavidad con tanta desmesura que se puede observar la totalidad de su dentadura e incluso la pendulante úvula del paladar.
Inesperadamente, una joven de buen aspecto y cierta elegancia se acomoda a mi flanco derecho, sobre un taburete, haciendo alardes de unas piernas largas, que arrancan de un short de género, para a continuación sentarse casi imperceptiblemente junto a una de las mesas libres en aquel momento.
Un joven, de atuendo casual se acomoda bajo la marquesina de lona, levantada sobre el acerado de la calle y parte importante del pavimento, y ojea un periódico regional de fecha pasada.
La escena discurre sin originalidad, sin titubeos, de forma sobrevenida, y anodina rutina, donde la espontaneidad de las clases populares parecen estar proscritas: no tiene cabida.
Echo en falta al actor principal que interfiere su trabajo con la conversación de la parroquia: el chismorreo picante, la discusión maliciosa, el chascarrillo manoseado de tanto repetirse, las letrillas de Casianao, las aventuras del Patilla, el debate encarnecido de los culés, de las perrerías de Franco y de los trincones del clero… que brotan como la savia del cuerpo vivo de una comunidad que no está dormida, aunque sean los más sometidos a la zarpa de la crisis económica, y los más atribulados por la incertidumbre del futuro, del que no avistan un horizonte prometedor.

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