La tortuga de José Pozo

By: juanrico

Jun 07 2012

Category: Uncategorized

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“Por eso no me monto en tu carruaje: por no cobrarme el trayecto.Ante mi propuesta de pedirle uno de a diez, Daisy no terció y recurrió al silencio, propio de las personas sordas, de astutas estrategas, para seguidamente apartarse y ubicar una planta en otro lugar más próximo a los rayos de sol que penetraban a través de un toldo azul y blanco, el cual permitía la penetración de la luz, aunque servía de protección a las cintas, las artemisas, los cóleos y a las pilistras de quedar achicharradas de un golpe de calor en verano. Sin embargo, Daisy había obviado que el parasol de lona impediría la penetración de la brisa al amanecer, y en las puestas de sol, cuando es habitual que, por estos llanos de viñas y olivos, las mareas de poniente alivien los rostros acalorados de los labriegos. Daisy, religiosa donde las haya, no se perdía el Santo Rosario cada atardecer, con el que las mujeres entradas en años se afanan en aliviar el peso de su conciencia ante la esperanza del Juicio Final -al que tanto han esperado y temido, desde su traje de blanca comunión- cumpla la promesa de Jesús de Nazaret: vivir más allá de la muerte.”
…Habían interrumpido el flujo monótono de mi periplo por el sendero del pensamiento libre, a lo lejos en la calle que conduce al camino de la laguna, los aspavientos, como dos velas de un un viejo molino a la deriva, los brazos macilentos de José Pozo, que aún vestía el mismo atuendo azul y pana, desde nuestro último encuentro. A medida que me aproximaba más a su encuentro, la amplia sonrisa, que solía iluminar su afable rostro, se hacía más abierta y diáfana que de costumbre.
-Me alegro entrañablemente de volverle a ver- le dije al tiempo que estrechaba mi mano derecha con su acostumbrada familiaridad.
No sin inquietud de amistad, había observado con preocupación la puerta de sus habitáculo cerrada, y, lo que era más inquietante, las persianas que daban a la calle, permanecían echadas.
A esta loca le voy a pegar dos tiros cualquier día – me dijo, tratando de disculparse, al tiempo que su hija traspasaba el umbral de la vivienda de José.
Bueno, bueno, José: ¡cálmese!. Sería el peor alivio a sus cuidados, le exhorté, tratando de tranquilizarlo con un poco de empatía.
El cielo se había encapotado de nubes bajas y oscuras, como si advirtiera la descarga de una tormenta de granizos, y el azul del cielo se retiraba del horizonte, al tiempo que algunos obreros del campo pisaban el acelerador de sus desvencijados coches, deseosos de llegar cuanto antes a la mesa del almuerzo, ávidos de la necesidad tan ineludible como habitual de recuperar el hálito.
la tortuga va de un lado para otro, toda la mañana- como una loca. Cuando los galápagos se mueven de esta manera, barruntan agua – me informa José, que dirigiéndose a su hija con autoridad, le demanda sin recato.
¿ Dónde está la tortuga? – le preguntó seco y escueto.
Debajo de tu cama – respondió ella, sin una deferencia de amabilidad.
Espere, espere: que se la voy a enseñar! – me advirtió José, con el orgullo de aquel que guarda un tesoro oculto.
Después de disculparme, por temor a ser alcanzado por la tormenta, le concité a un próximo encuentro a la vuelta de la charca.
Un viento huracanado y acompañado de gotas de lluvia gruesa me obligó a abrir el paraguas y a caminar con más celeridad. Sin embargo, un trueno cercano, en la vertical de mi cabeza me persuadió con su ruidosa advertencia de que era recomendable cerrar el artefacto, que pudiera atraer al rayo. De no haber vestido un chubasquero al uso, me hubiera esponjado dos veces: los ramales de los eucaliptos doblaban sus perezosas ramas con el peso de la lluvia caída minutos antes, y chapoteaba sobre mi cabeza. Mientras tanto algunos gorriones piaban con desagrado por la inoportuna tormenta que no terminaba de alejarse del páramo; otros, los jilgueros se precipitaban sobre el hormigón del sendero, aleteando furiosos para sacudirse las diminutas perlas de lluvia trasparentes sobre sus plumajes… Los rosales de diferentes matices sonreían a mi paso, agradecidos del aliento que les proporcionaba la lluvia, tras prolongadas semanas de árida sequía… Sobre la acera del Cuartel una madre se desgañitaba llamando a uno de sus hijos que junto a otros correteaban detrás de un balón de cuero – ¡Apúrate, Jonathan, que te vas a mojar!-..
La puerta de José Pozo estaba cerrada ya, y las persianas echadas. El bueno de José no pudo enseñarme su original pluviómetro.
Aquel día José lucía una barba blanca y descuidada, poco poblada, como un barbilampiño, cuyos hilos, delgados como gusanos blancos, más largos y empinados que de costumbre, contrastaban con el tono amarillento de la piel, empinándose hacia arriba, como si quisieran abandonar la base de su sustento.
¡José, me está usted haciendo la competencia! Pero, debe cuidarla ; que parezca aseada; que le miren…- le insinué el reclamo que puede tener una barba cuidada y con lustre.
¡ Yo he tenido mucho de eso! – con su recurrente vanidad me respondió sin recato, para disculparse a continuación, haciendo la observación de que uno de los nietos le iba a asear por la tarde.
Ante mi inoportuna observación que – “en esta casa siempre se está comiendo”- Daisy añadió su alegato, reprochándome que siempre mis visitas se hacen presentes a las horas de las comidas.

One comment on “La tortuga de José Pozo”

  1. Entrañable la figura de José Pozo…


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