Amor se escribe con “L” de lujuria.

By: juanrico

Apr 04 2012

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Sobre un luminoso de letras rosas que parpadeaba alternándolas, se podía leer “Apolo”, que al estar ubicada sobre la nacional de Cáceres, daba a entender que se trataba de una venta o bar de alterne, atendido por señoritas de la buena vida.

Cuando sentía dinero en mis bolsillos, arrancaba el motor de mi DKW y, ciego, como un poseído, me alejaba, acelerando hasta el fondo en busca del placer, y me olvidaba de mi esposa, de mis cabras, y de mi huerta. Allí encontraba el amor que se me resistía.

Una disculpa a mi mujer, la entendía como un requisito del compromiso  adquirido con ella un día del incipiente otoño de un año lejano ,y por lluvioso, de buena otoñada.

  • ¿ qué le sirvo, mocetón ? – me invitó la camarera con tono engolado.
  • Una copa de Jerez, por favor.
  • ¿ Y no me invita a mí, guapetón ? – a cuyo requerimiento no pude sustraerme.
  • A lo que usted quiera, señorita – le respondí con galante prontitud.

Al alcanzar la botella de licor de una de las vitrinas a sus espaldas, estiró un cuerpo volátil y voluptuoso, descubriendo unas escasas braguitas de color rojo que enaltecía a unos muslos blancos y apretados, que se cubrían con unas medias de maya…oscuras, soportes de una grupa envidiable y redonda de proporciones helénicas.

  • ¿ Te gusta, verdad, mi amor ? – me interrumpió de pronto ,casi inesperadamente, dejándome pasmado, como si se tratara de una denuncia, por haberme sobrepasado fisgoneando su luctuoso trasero.

Al volver su prominente busto hacia mí, pude detener mi mirada en dos voluminosos pechos que guardaban un escaso corpiño, festoneado en los bordes, que los hacían más excitantes – por donde casi saltaban sus blancas carnes de dos cazoletas de un rosa y transparente encaje, como dos tiernas y temblorosas cremas de helado. Una blusa de crepé, que apenas cubría sus hombros, y escasamente abotonada, resaltaba la juventud de unos hombros torneados y suaves. Sus piernas que se entrecruzaban, describiendo, a veces un ángulo isósceles, haciendo oscilar el compás bien hacia arriba o hacia abajo, según la determinación de mostrar más o menos su intimidad, la cual se advertía desde una intercesión, desde donde arrancaba una atrevida apertura de su falda color fucsia, que daba su fin a un palmo anterior a las redondeadas y lustrosas rodillas.

A causa de mi excitación, apuré mi brebaje sin saborear apenas los placeres de la destilación, ni  la penetrante inhalación del sabor a roble que enaltece a la calidad del color acaramelado de un sherry envejecido. Era tal mi estado de enajenación que los cubitos de hielo resbalaban entre  mis labios y se precipitaban al suelo, uno después del otro, mientras mis ojos no se despegaban de aquel lascivo cuerpo de diosa del placer.

Suponía para mí – continuaba José Pozo con su relato- la primera vez que visitaba un lupanar, y mi cuerpo se estremecía de frenesí e incontrolada excitación. Lucrecia, que así se llamaba la sirena en aguas prohibidas, me sacaba dos palmos por la cabeza, esbelta, de simétricas proporciones, cuya larga cabellera de color grafito brillante entre velaba un rostro femenino, alargado, cuyo tabique nasal separaba a dos luminarias oscuras en permanente movimiento, como vigilantes incitadoras del amor.

Al comprobar Lucrecia mi estado de cándida emoción, abandonó su puesto detrás de la barra, y dirigiendo sus pasos hacia donde permanecí acomodado, sobre una banqueta, y sin mediar palabras, se abalanzó como una gacela encelada sobre mi regazo, donde acomodó sus glúteos turgentes, que, en armónico contoneo, despertó inmediatamente una indescriptible pasión… mientras mis encallecidos dedos hacían brotar los húmedos deseos de su alma, al tiempo que entre sus ligeros le colgaba billetes de a mil, una y otra vez, sin reparar en el dispendio ni en la coartada a la que me vería impelido al amanecer.

  • ¡ No tengo dinero ni para llenar el depósito de la DKV ! – pensó José sin arrobo ni remordimiento. Quizás fue mi última noche de placer. Me robaron la cartera con todo e dinero de la cabaña, de los chivos, aquella noche otoñal.

Todavía a la tenue luz del crepúsculo mañanero, en el aire continuaban los resoplidos de una trompeta, que interpretaba una melancólica pieza de Louis Armstrong.

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