La Jungla urbana

By: juanrico

Mar 15 2012

Category: Uncategorized

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Aperture:f/2.8
Focal Length:3.85mm
ISO:640
Shutter:1/16 sec
Camera:iPhone 4

El Almirez

– ¿ Cómo se lo pongo?

– ! Muy muy caliente !

– ji ji ji

– ¿ En qué estás pensando ? Ji ji ji -inquirió la cliente con sorna pícara.

Con una sonrisa franca y un decidido paso, había recorrido el trecho desde el otro extremo de la barra de la cafetería del Almirez, donde se sirven las mejores migas de la ciudad, hasta donde se hallaba la chica de cabello rizado, de dos palmos más alta que el camarero, cuyo atuendo grisáceo más que de una secretaria parecía el de una azafata de una compańía aérea, tan ajustado el top de guipour y la falda de piqué que insinuaban la voluptuosidad de un busto sugerente y de   unos muslos turgentes y apretados que, desde las cimbreantes caderas hasta más allá donde la espalda pierde su casto nombre, se podían observar dos provocativas protuberancias delimitadas por una profunda hendidura, de donde surgía el  nudo de un discreto slip o tanga. Una ese mayúscula de perfil capaz de levantar del ábaco a todo un alfabeto silente.

– Has tardado en servirme el café y las migas no se pueden tomar, de lo fría que se han puesto; y por si fuera insuficiente, te has olvidado de las aceitunas machadas¡ – le había reprochado al mozo que, por unos instantes, se había permitido un receso erótico, impelido por el reclamo de una joven cliente, muy compensada en belleza si la comparamos con el escaso atractivo del mancebo.

–  ¡ ji, ji, ji ! -respondió sin el menor arrobamiento.

                                                 * * *

Apenas se habían encendido las farolas, casi se había apagado el motor de vuelta del trabajo, apenas transitaba por la avenida un vehículo de motor, y se encendían las ventanas de las casas humildes de apartamentos, en cuyas salas de comedor se encendía el electrodoméstico por el canal oficial, que mejor adoctrina, maneja y anula la libre iniciativa del derecho a ser libre, mientras se dispone el servicio de un merecido receso…

-” Ladrones. Hijos de puta. Os voy a cortar a todos los cojones y os los voy a meter en la boca. Por mis hijas. Por mis hijos”…

Jaleaba el dipsómano a la muchedumbre ausente, y los escasos transeúntes cambiaban de acera para evitar sus desvergüenzas. Insolidarios con la etílica protesta, que ni siquiera solivianta al vecindario. La pancarta: dos puños que golpean el tambor de su pecho. La marcha: un atolondrado vuelta y revuelta sobre si mismo. La protesta: dos brazos abiertos al cielo, desafiante cuadro goyesco del dos de mayo. Liberación etílica de inquietante devenir.

En la distancia, la sirena de la policía o de una ambulancia quebranta la quietud de la noche…

-” Todavía continúa la algarada bullanguera por las calles de Valencia” -se puede escuchar al presentador de noticias en la cadena oficial.

                                                   * * *

“Quien sólo habla, con Dios espera hablar un día”. A. Machado.

La gitana entrada en muchos años, y arropada en una saya negra y larga, que casi ocultaba los tobillos, había anudado un moño blanco amarillento en el occipucio, brillante de mugre al sol del medio día.

– ” El gitano, si me quiere tener, me debe  pagar más. Por seis euros: que se busque a otra o se vaya a Alemania” -se hacía reproches la gitana esbelta, vieja y puta.

                                                    * * *

El ciego, con su vara-timón sonora, describía un semicírculo sobre el pavimento peatonal avanzando torpemente, mientras una algarabía de escolares alborotaban la avenida, a la salida del colegio.

-” Perdone que no le haya visto” – se disculpó una señora muy oronda en carnes, haciendo tambalear al impedido invidente.

                                                  * * *

-” A mi me pone con sabor a fresa” -dijo la poligonera.

-” El mío los tiene de sabor a plátano” – le contestó la choni

-” En el coche de mi chico, el sabor no importa” – replicó la poligonera.

– ” A mi, me pone más la talla” – argumentaba la cani, mostrándole el piercing que tenía cosido debajo la lengua, añadiendo que en la moto de su chico le encantaba agarrarle  el”break”.

Se apresuraban las dos quinceañeras, con trote de gacela en celo, en dirección a la ribera, la tarde noche de un viernes de invierno gélido, cuando el trino de los gorriones en las ramas de las acacias había hecho silencio.

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