Casiano relata sus penurias de joven

By: juanrico

Feb 18 2012

Category: Uncategorized

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Focal Length:3.85mm
ISO:800
Shutter:1/14 sec
Camera:iPhone 4



Aún no se habían consumido los rescoldos de la tertulia del día anterior, cuando teniendo a Casiano a mi derecha, detrás de la columna de la churrería de Juanfra, inició un relato detallado de su primera infancia; y, aunque todavía continuaba el debate sobre el origen del nombre de El charco de la Pava, en cuyo establecimiento se solía apostar fuerte, de tal suerte que un paisano, el más desgraciado personaje de la localidad, conocido con el sobrenombre del Pillo, habría sido desplumado por “los señoritos” en juegos de envite de los suculentos millones que en apuestas de carrera de caballos había conseguido en Alemania,…Casiano, que por analogía bien podría motejársele “Casiculo”, esperaba su turno para hablar de su pintoresca y triste historia.

  • Le echaron el anzuelo, y picó – comentó alguno de los presentes en aquel momento en la churrería.

No era Casiano ajeno al cocido que se aliñaba ante el regocijo de la concurrencia. Ni José Pozo, que arropado como un “muñeco de nieve”, había aparecido como un espectro fantasmagórico de aquella guisa, momentos antes. Ambos, a juzgar por la simpatía que se demostraron, se saludaron con afecto, más allá de una cordialidad convencional. Casiano le propició un sonoro palmeo al hombro derecho de José.

  • ¡ Tú pu aquí !
  • Ja; ja, Ja – respondió José Pozo, mostrando su raída dentadura y sus escasas piezas.

– “Por el arroyo Mesiero,

hay un cuervo volandón,

que Casiano  quiere cazar,

con un cepo de melón”

… se inició José con chanza de la extravagancia por la cual era popular el lugareño, haciendo referencia además a las penurias que Casiano había padecido en el lejío de la Oliva, tanto de niño como de mozo.

  • ¡“ Ma cago en dié: aquel sí que era un “generao”! – con entonación ascendente pontificó, haciendo referencias al patrón de Tendero y el Escobar, fincas de monte y labor en el término de la Oliva.

Ya ha muerto.

-”Vámoz, Casiáno, que nádie ha múerto de un tirón” – ridiculizando el deje  de los lugareños del Valle, y la manera de azuzar a los obreros, aquel sujeto.

Descendiente del ilustre marqués de la Paz, M. Godoy era conocido por su codicia. Sin recato y con una sonrisa socarrona, que dejaba ver un puente amplio en la encía superior entre los dos colmillos, Casiano hacía referencias a  M. Godoy, dueño del Tendero y el Escobar.

  • “ Mudó las mojoneras y le robó a su hermano más de trescientas fanegas”: aquel era un “generao”,  volvió a repetir sin arrobamiento alguno.
  • ¡“Casiano, a ver si apartas las piedras del camino para que pase mi coche!”- le espetaba de forma admonitoria “su ama” al simpático gañán.
  • ¡ Mi burra negra no se “trompieza” en las piedras ! – le refutaba el bueno de Casiano a su patrona.

Relataba el simpar Casino aquellas historias, sin el menor resentimiento, sin crueldad y menos aún sin ánimos de ofender a aquellos terratenientes que, por muy avaros que fueran, sabían cumplir con el amor a Dios y al prójimo, practicando la caridad con la servidumbre a su cargo. Y por ello, Casiano, toda bondad, había aprendido de su abuela Silvestra que los perros no suelen morder la mano que les proporciona sustento.

A Casiano, que fijaba su mirada en la claridad del sol que penetraba por la puerta de cristal traslúcido de la churrería, la pupila se le trasformaba en un punto oscuro diminuto, y el vidrio del iris verdoso se cambiaba a un azul esmeralda. Insólito. Y al contemplar la apertura de su boca a causa de la risa, descubría una encía superior despoblada entre los dos colmillos que se parecía a una calabaza desdentada en la noche de Haloween. Sin embargo, su complexión no adolecía de atractivo.

  • “Le sorprendieron echando una pluma a la mujer del encargado” – me confesó al oído como el que hubiera cometido un delito al revelar un secreto. Ni él hizo hincapié en continuar con el relato ni yo insistí en hacer mención a la soga del ahorcado.

Fue entonces cuando vino a mi memoria, las palabras de  la amiga de Broderick Crawford, el protagonista de Deseos Humanos de Fritz Lang, al comprobar el retraso de su esposa, e intentando sosegarlo, le advirtió que todas las mujeres son iguales, y que, únicamente, se diferencian unas de otras en la cara, para ser reconocida por los hombres.

El rostro de Casiano palideció, y comprendió puntualmente mi mensaje, al que rápidamente pasó por el filtro de su memoria, procesándolo inmediatamente, a juzgar por su silencio.

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