Los silencios de Daisy

By: juanrico

Feb 06 2012

Category: Uncategorized

1 Comment

Los silencios de Daisy

-” En boca cerrada, no entran moscas”: si hablo, luego todo se sabe- reflexionaba en su interior Daisy, toda vez que le asediaba la tentación de comunicarse; ante la que hacía esfuerzos por no sucumbir. Pero aquella tarde de frío polar parecía como si la gélida temperatura le hubiera congelado su lengua especialmente.

Ya me resultaba normal  -por mor de la costumbre, incluso si por prescripción se le hubiera aconsejado que permaneciera en absoluto reposo- que, Daisy, al primer timbre del portátil, se alzara de súbito y se alejara de mi presencia, como si de una confesión o de personal cuita se tratara.

– “  ¡ Díiigaa ! -respondió con un mi y fa sostenidos: siempre el mismo tono, el mismo mensaje de identificación, sin importarle que conociera o no al interlocutor. Se trataba de su personal apoyatura y uso.

A Daisy le importunaba que alguien husmeara en sus conversaciones, aunque tuvieran lugar éstas, a través de las ondas electromagnéticas.

La prudencia  o el recato le aconsejaba permanecer en silencio y no emitir opiniones de cierta enjundia.

  • “ ¡Con lo locuaz que sueles ser!: hoy ,Daisy, no has abierto la boca”- le trasmitía mi inquietud por su prolongado  y pétreo silencio.

“Hay silencios que hieren, pero palabras que curan” -cuyo motto, Domingo de Guzmán puso en práctica a lo largo de su vida, y le condujo a la santidad; pero  era palmario que Daisy no aspiraba a tan sublime privilegio, y prefería mantener un elocuente anonimato a sus significativos silencios.

  • “La sopa está muy caliente” – me advirtió disculpándose ante mi inoportuna observación.

Daisy, quizás, reprochara a la cocinera, alguna vez, que el plato estuviera frío o templado, pero jamás  que se sobrepasara de temperatura.

Sin embargo, la presencia inesperada de uno de los suyos, la incomodó hasta tal extremo que apenas alzaba los ojos de su servicio, incluso ni para introducir el alimento en la boca.

Mis esfuerzos, por liberarla  de la tensión del momento, me sugerían atender a las noticias, que sobre el frío polar se vertían por el canal nacional en aquellos instantes.

Haciendo trizas del libro de los buenos modales, el inesperado visitante extrae un fajo de billete de cincuenta, a los que  airea de uno en uno entre  el pulgar y el índice de su derecha; y, de reojo, comprueba los guaritmos de la factura, y sacando un sobre blanco, con la dirección del destinatario, los acomoda dentro, y sella el sobre con su propia saliva, ante la atónita sorpresa de los comensales.

  • “Son para el carpintero”, añade dirigiéndose a tía Daisy.

Los billetes no son asépticos: van de unas manos a otras; y, se ha demostrado que  suele haber vestigios de cocaína adherida al papel; sin contar con las bacterias y gérmenes que hayan buscado acomodo en las rugosidades de los mismos. Puede incluso encontrarse sarna en sus entretelas  o restos de  semen o flujo, o moléculas con el ADN de cualquier sicario:

¿ quién sabe de la procedencia y circunstancias de su recorrido ?

Me imaginé por momentos que se habían alojado entre las manos de un drogo dependiente, o sacado de las faltriqueras de un presidiario, o del colchón en un lupanar, o distraídos de la caja fuerte de un malversador de caudales público, o de un fondo de reptiles o del bolsillo escuálido de un desempleado o del mugriento slip de un indigente: ¿ Quién sabe ?.

Contar billetes en público es una indecencia: obedeciendo a los dictados del pudor y del decoro: en las ventanilla de los establecimientos bancarios, se habilitan lineas de demarcación que sugieren la distancia de espera.

Disculpando mi ausencia, me levanto de la mesa de comedor y me dirigí a la cocina a beber un vaso de agua helada.

Daisy, en mi ausencia, había vuelto a su habitual locuacidad: sobre asuntos triviales que, a buen seguro, ya tenía almacenados en uno de los folders de su memoria.

Había vuelto a ser locuaz: se expresaba con soltura y sin recato, dando a entender, tal vez inconscientemente, que existía una complicidad excepcional entre ella y su interlocutor, de la que nunca fui testigo. Para entonces, yo había abandonado el escenario y dirigía mis pasos hacia la laguna, en una tarde soleada y fría de  este bisiesto mes de febrero.

 

 

 

One comment on “Los silencios de Daisy”

  1. Jajajja. Daisy es lista y no quiere que el visitante sepa que es locuaz con aquellos que el no traga. jajaja muy bien escrito


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