En el Casino de los Señores

By: juanrico

Jan 21 2012

Category: Uncategorized

1 Comment

Cuando me advirtieron que me exponía a lo que me me exponía si osaba a presenciar el llamado clásico en la “Charca la Pava”, pensé que se trataba de un chiste pintoresco y local; pero, lo cierto y casi sin proponérmelo, de pronto, y después de haber despreciado un establecimiento abarrotado de jóvenes, apostados a la barra de un bar o café, espléndido y alegre, que rebosaba de agitación y bullicio y de una llamativa luminosidad caleidoscópica; a menos de dos varas del anterior garito, me dispuse a abrir una puerta rancia y estrecha que se resistía a mis requerimientos, aunque finalmente  doblegó su  obstinada resistencia a mi empuje persistente con un crujido ronco de las bisagras, las que delataban un abandono tan pertinaz como la sequía.

Cuatro habituales, apostados sobre un mostrador de granito pulido, bebían tintos y blancos de cosecha desde copas vulgares, supongo; y supongo bien, pues mi observación no descubrió envases de marca en las estanterías. De los clientes, uno de ellos, atrajo especialmente mi atención: una persona, adentrado en los cincuenta, era objeto de un escarnio cruel por el resto de los paisanos, que, como suele suceder habitualmente en los pueblos de economía rural, siempre se puede detectar la presencia del entrañable imbécil que navega contra corriente. Además, me daba sus espaldas un sujeto, que por su porte más parecía un maestro escuela que un potentado terrateniente, que con una maestría envidiable mondaba cacahuetes mejor que un simio en un zoo, y dejaba caer las peladuras sobre el pegajoso alicatado, sin el menor asombro por su fea urbanidad.

-” Va a ganar el Madrid: ya no está Zapatero” – ponderaba con sabiduría nuestro casual teleespectador una sobre otra vez, sin el menor recato, mientras los demás veceros asentían silenciosamente al oximoron del simpático y útil payaso.

-” ¿ Hay alguien arriba ?” inquirió un nuevo personaje, que acababa de hacerse presente en el casino “de los señores”, -tal vez un socio, de solera, a juzgar por su refinado atuendo, poco habitual en días de trabajo por estos parajes-  dirigiéndose al camarero que servía detrás del mostrador de bebidas.

-“Sí ” replicó escuetamente el servicial lacayo.

Sin la convencional y elemental cortesía de saludar a la concurrencia, aligeró sus pasos al piso superior, reservado para los exquisitos – supongo- tras cruzar una puerta de cristales que daba acceso a los interiores.

No reparé en ningún comentario derogatorio por parte de los presentes; lo cual me llevó a colegir que se obviaban allí las más elementales formas de buena educación y decente proceder.

-” Por favor, un descafeinado de “máquina” ?

– “Aquí, sólo se toma de sobre” – replicó el barman seco y claro.

La suela de los zapatos se me adherían como sabuesos a las baldosas antiguas del pavimento. No sabía cómo evitar tan molesta sensación: me movía de un lado para otro buscando un lugar limpio donde colocarme, siguiendo al mismo tiempo el desarrollo de la escena, y el movimiento de los futbolistas dentro de una pantalla de color avejentada y de baja calidad.

Los cascos de bebidas vacíos se amontonaban detrás del mostrador en banastas de plástico, expuestas al mal gusto de los exclusivos. A mis espaldas, un gran salón de mesas octogonales vacías llenaban aquel páramo decadente, de tiempos muy olvidados; tan olvidados como la sociedad que  tal vez lo llene en alguna ocasión. Un cajón cuadrado de televisión ocupaba el centro de la sala, apagado quizás por falta de concurrencia.

Me hubiera encantado requerir de la amable disposición del encargado abrir el electrodoméstico y presenciar el partido cómodamente, aunque inhóspito y desolado,  en aquel aburrido espacio.

Me contuvo el exceso a una insolencia mal aceptada por parte del sublime.

¡ Qué alejados quedan aquellos tiempos de leche y miel, de la nostalgia, a cuya tiranía se somete, con edulcorada presencia, el recuerdo de los viejos tiempos por parte de los herederos de tan añeja indignidad !

Ni las moscas se renuevan en aquel páramo desolado, a pesar de la incomodidad de la estación invernal. Mas, el revuelo de alguna nos debe sugerir que aún hay roña en las alacenas.

No volverá la inmortalidad del tiempo a poner en marcha el tic tac de su maquinaria, a pesar de los denuedos y desvelos de sus socios exclusivos.

Ni tampoco la presencia de la nube de humos de los habanos, que ascendía de los pulmones hasta la techumbre amarillenta del denostado antro, en los viejos tiempos, a la hora del té.

Ni desde los acristalados ventanales, aquellos ojos, viejos de fijarse en los pololos de las jovencitas, que bailaban la jota extremeña, y cantaban cánticos regionales en la plaza, después de la misa del domingo o durante la visita del obispo o del gobernador civil de Franco.

Ni los juegos de naipes que servían de coartada a las estrafalarias inversiones o  los affaires  ante las santas esposas.

Ya no vuelven a ser lo que fueron las fiestas de baile la vigilia de los Reyes Magos ni los veladas de la puesta de largo de las notables adolescentes, donde el presidente, haciendo valer su autoridad, les concedía el óbolo para iniciar la suerte.

Ni las sesiones de notables donde se mediatizaba al alcalde a tomar la iniciativa; siempre en la misma dirección.

¡ Qué lapidario de piedras anónimas adornan tan siniestro paisaje !

A la Charca, el paso del tiempo la ha convertido en un pestilente lodazal, por falta de arrieros, donde el esqueleto desplumado de una Pava yace inmóvil, por no haber ya criados que atiborraran  de pienso su gaznate.

One comment on “En el Casino de los Señores”

  1. Me gusta la foto, macho. Pero podrias mejorarla un poquitin mas con PS. Prueba en blanco y negro tambien.


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