El retorno de los Magos

By: juanrico

Jan 10 2012

Tags:

Category: Uncategorized

2 Comments

Aperture:f/3.2
Focal Length:50mm
ISO:1600
Shutter:1/320 sec
Camera:Canon EOS 400D DIGITAL

Atendías embelesado a la voz de un locutor de radio -probablemente Matías Prat, dedujiste muchos años después- que se debatía en hacerse entender entre interferencias de ondas y ruido  por medio de la radio, al cual tu padre cuidaba como el más preciado de los tesoros; relataba la llegada de los Reyes Magos a Madrid, y con tanta devoción y empeño realizaba su cometido… que te inquietaba la magia de tener a los Reyes tan cerca: dentro de una caja de madera que relucía, y su voz hacía gorgoritos cuando las ondas no llegaban con claridad en las noches de ventisca; y la lámpara de 25 watios parpadeaba, se apagaba, y se encendía intermitentemente acompasando a la locución del radio parlante.

No acertabas a comprender el milagro, que siempre interpretaste como fruto de la magia, el de tan estrafalarios personajes. Al contemplar tu padre la cara de asombro que ponías, te susurró al oído que muy de mañana los Reyes cabalgarían por el tejado sin tener que hacer trizas ninguna teja, y descolgarían por la chimenea una media repleta de golosinas y juguetes para los niños buenos o un saco de carbón para aquellos niños desobedientes y traviesos.

Antes de la puesta del sol y aprovechando la mortecina luz del crepúsculo, atravesando el establo  entre las patas de la caballería y  sorteando balas de paja, te encaramaste en lo alto de un ventanal que daba al patio,  desde cuya alféizar se podía observar el tejado y el tiro de la chimenea nítidamente; pudiste  así mismo comprobar el manto blanco de la escarcha que cubría las tejas; una prueba incuestionable para el día siguiente, de que las huellas de los camellos y  las carrozas habrían quedado marcadas sobre la pureza blanca de la capa del fino hielo.

Tu inquietud se transformó en una realidad poderosa a tan temprana edad: con ceñuda respuesta al donde vas, te escurrías nuevamente en la caballeriza, y esquivando las coces de los equinos, trepaste hasta lo más alto del granero, hasta alcanzar el ventanuco que daba al corral, desde cuya atalaya irías a tener constancia del milagro: la presencia irrefutable de las huellas de los camellos y las rodadas de las carrozas en la madrugada del seis de enero.

Unas lágrimas de frustración y desazón brotaron de tus ojos infantiles, que se precipitaron al suelo tras haber descrito un recorrido frío por tus cálidas mejillas: el tejado no había sufrido la esperada abatida bajo los poderosos cascos de los caballos ni las rodadas de las carrozas habían deshecho el entramado de tejas, y aún la capa de escarcha cubría  los canalones, quizás más brillante y espesa que la tarde precedente; tan gruesa y fría aparecía ante tus ojos que ni el humo cálido y espeso que tiraba de la chimenea la deshacía.

Himplando todavía, te acogió tu padre entre sus brazos y te llevó a cuestas hasta el calor de la chimenea, cuyo rescoldo desprendía la aroma habitual a sarmientos de cepas y a ramas de encina… que tu madre solía perfumar con  ramilletes de tomillo y romero silvestre, que en la sierra de Mataparda crecía endémico. Apoyado a una de la paredes, junto al fuego, se recostaba un saco imponente. Otra vez te embargó la tristeza ante el temor de haber sido castigado  por los Magos de Oriente con un saco de carbón.

Te tranquilizaste al comprender que se trataba de una broma: tu padre habría colocado el saco,  que iba a ser consumido por las llamas la noche de reyes, a un lado de la fogata, que, avivada por las ramas secas del tomillo y el romero desprendía lenguas de fuego rojas y amarillas, chisporroteando estrellas blancas de ilusión …

Levantó tu padre un calcetín enorme, de la talla de un pie de elefante por su tamaño, de color negro y forrado de rojo, del que con ansias desataste la cuerda que le servía de lazo y comenzaste a extraer del interior bolsas de confites, pilurines envueltos en papel de celofán, perrunillas y mojicones cocidos en el horno de ladrillo,  todavía en uso desde tus bisabuelos, y una cajita de cartón decorado con motivos de la Navidad, en cuyo interior se enroscaba una culebrilla de mazapán con ojos brillantes de cabeza de alfiler y su cuerpo decorado de filigranas blancas, que sabían a merengue, de cuya carne aún recuerdas el sabor a almendras trituradas, que compartías con tus hermanos mayores, a los que los Reyes Magos habían castigado por  no haberse dejado engatusar del encanto mágico de un sueño .

De una caja cuadrada y envuelta en un papel satinado de colores, tu padre extrajo el rey de los regalos: un cuadro, una especie de laberinto troceado a su vez en pequeños e ilustrativos motivos de aventuras; un cisne blanco vadeando una charca de cristalinas y azules aguas, un palacio de ventanas enrejadas, de donde una lámpara alumbraba parte de la fachada, un puente en arco sobre el torrente de un río, un pozo con brocal del que pendía una carrucha y un cubo… una calavera,  y, como colofón del juego, un hermoso cisne que abría unas enormes alas blancas, como si quisiera saludar al vencedor de la partida.

Mientras tu madre cantaba villancicos, acompasados por tu hermano mayor que zumbaba a un cántaro hueco, tapado por una piel de gato seca, del cual se   anudaba una vara enjabonada, que al ser frotada, el cántaro emitía un zumbido ronco y monótono:

  • “ Madre, en la puerta hay un Niño,

más hermoso que el sol bello…

yo digo que tendrá frío,

porque viene casi en cueros !

  • Dile que entre,

se calentará;

que ya en este mundo,

no hay caridad!

Entró el Niño y se sentó,

y calentándose estaba,

le pregunta la patrona:

¿ de qué tierra, de qué patria ?

  • Soy, señora, de lejanas tierras;

mi Padre del cielo;

y yo bajé a la tierra”.

…Y tu padre cuidaba que la candela no se marchitara, tus cuatro hermanas y tú, sentados alrededor de una mesa redonda, te iniciaron en el juego de la Oca, lanzando los dados y contando con fichas de colores los cuadritos de la serpiente multicolor, unas veces contando hacia adelante y otras hacia atrás, proclamándose unas veces vencedoras y otras vencidas, a la luz del quinquel o lámpara de petróleo, que se usaba siempre que el hombre del cajón dejaba de hablar a voz en vivo o la lámpara de 25W dejaba de alumbrar o el rescoldo de los leños en la chimenea se hacían cenizas.

Nunca llegaste a comprender el sigilo de la cabalgadura de los Reyes Magos, y el rodar de sus carruajes por los tejados, sin haber dejado huellas, pero me contabas de vez en cuando, que sobre estas fechas tu padre se aventuraba a reproducir los populares versos de los Campanilleros, que solía interpretar con maestría, ayudándose de una botella vacía de anís y un tenedor, con cuyas notas daba por concluida la noche mágica de los Reyes Magos.

2 comments on “El retorno de los Magos”

  1. Me ha gustado. Me ha conectado por momentos a situaciones infantiles de gratísimos recuerdos…
    Un abrazo. Emilio.

  2. Muy tierno y bien escrito.


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Juanrico's Weblog

Daily events

Nick Momrik

Trying to get a hole-in-one

Lens Cap

Casual glimpes into mundane suburbia

Matt on Not-WordPress

Stuff and things.

Mataparda

This WordPress.com site is the cat’s pajamas

cracking up

Just another WordPress.com weblog

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.

The WordPress.com Blog

The latest news on WordPress.com and the WordPress community.

%d bloggers like this: