La lección de biología

By: juanrico

Dec 19 2011

Category: Uncategorized

1 Comment

Aperture:f/2
Focal Length:50mm
ISO:800
Shutter:1/400 sec
Camera:Canon EOS 400D DIGITAL

Deja sus pertrechos de escolar infantil sobre el redondo tablero de la mesa de comedor. Drislis es súmamente aplicado y se dispone a abrir el cabat donde guarda lápices de colores, gomas de borrar, un álbum de cromos, libros de Primaria y cuadernos de los deberes, a los que acaricia con la suave ternura de una infancia feliz.

Su natural bondad refleja el inocente espejo del rostro dulce de Dreslis, que contagia  de  ternura a su nonagenaria abuela, que, agradecida, le sirve un tazón de colacao con galletas, acompañado de un gesto de cariño.

  • ¡Apúralo antes que mamá venga a recogerte! – le hace una observación la  nonagenaria abuela, cuya larga y extendida existencia le ha conculcado el adecuado proceder del momento.

Su mirada de ojos claros arropa su delicada complexión tostada, que se torna más tenue bajo un rayo mortecino de sol, que penetra por la claraboya,  de cristal traslúcido de esperanzada existencia que,  en forma de campana, envuelve la estancia a modo de un birrete episcopal.

Con la agilidad de un mozalbete de mayor edad, Drislis enciende la caja electrónica por una estación que proyecta una serie de animados personajes de formas tridimensionales y de vivos colores: “Angus y Cheryl”, cuyas rebeldes trastadas levantan el entusiasmo de los púberes individuos, por las que Dreslis también se ve atraído.

Aprovechando un momento de descuido, cuando Dreslis se metía un dulce en la boca, cambié de canal.

  • ¡Mira, Drislis, de la biología puedes sacar mejor provecho que de esos muñecos traviesos! – le pontifiqué con ánimos de cambiarle la voluntad.
  • Monos, no! Monos ,no !

Reparé algo de inquietud en el vivaz iris de sus ojos: la  mirada alegre y tierna de antes se mudó en mohína y  algo ceñuda  para, un niño de tan corta edad. No suele acompañar a la infancia la picardía, y menos aún la desabrida inquietud en situaciones incómodas, de las que no suelen tener conciencia. La inocencia desborda a las poderosas acometidas de la maldad en los mayores.

  • ¿ No sabes que los monos son “Primates” nuestros y se comportan como los demás ?
  • Si, lo sé; pero a ella no le gustan, -argumento suficiente en defensa de la mano que le da de comer, y a la que no desea morder, y a la que desea proteger con las armas de la inocencia de ocho años.

A ese insecto verdoso que trepa sobre una hoja de una platanera se le conoce por el nombre de Santateresa o Mantis Religiosa. Tiene ojos compuestos que pueden girar ciento ochenta grados. Sus patas delanteras están serradas y dispuestas al ataque; y las alas, que pliega a lo largo del cuerpo las utiliza para escapar. Despide una sustancia muy atractiva cuando quiere aparearse con un macho.

  • ¿ Me sigues, verdad?

Respondió Drislis afirmativamente a mi pregunta con un convencido meneo de cabeza, y una sonrisa cómplice en sus labios.

  • ¡ Anda ya,! ¿ cómo la van a llamar Santateresa a ese bicho ? Eso te lo has inventado tú, -intervino Daisy con un gesto de desaprobación y un frunce ostensible del entrecejo.

Drisly hizo con su abuela causa común, aunque sin esbozar siquiera una sonrisa de complicidad con Daisy. En la conciencia de un niño, la madurez de los años, y sobretodo el desvelo de los mayores por la infancia, no cosecha  mas que un agradecimiento imponderable.

Son camaleónicas. Cambian de color para protegerse. No se fían. Después del apareo, estos artrópodos matan a su pareja y se los comen.

Drislis abrió los ojos como platos, de tal suerte que sus pupilas se empequeñecieron en un mar azul de sorpresa.

-Si, hijo. Por desgracia entre las Primates puede ocurrir, aunque no es lo habitual.

Al tiempo que la abuela se retorcía en su butaca, tal vez incómoda por la hipérbole misógina de mi comentario.

-Uf,uf, uf ¡ qué calor me ha entrado de pronto!

De un salto, se puso de pie y empezó a dar pasos por la estancia, tratando de aliviar ese calor repentino al que suelen llamarle, pos menopáusico.

No suelen acontecer estos episodios entre personas de la edad de Daisy, pero a veces la naturaleza sorprende con esos sofocos sin venir al hilo.

Dresli continuaba absorto en los movimientos del perverso insecto que, en aquel preciso momento, copulaba con su pareja, a la que ejecutaba a continuación, clavándole las pinzas asesinas de sus fauces en el cuello del macho, el cual, que tantas y tantas veces la había hecho feliz durante  muchos instantes, se retorcía dando los últimos estertores de vida.

  • No te debes sorprender del comportamiento lascivo de ciertos individuos, querido Dresli. La mente de Dios, nuestro Creador, no puede estar ocupada de tantos y tantos pormenores. Hasta Dios, puede ser imprevisible alguna vez.
  • Prefiero, tío, continuar continuar con el mundo de los números y resolver este Sudoku.
  • ¿ No crees que el número que falta en esta posición es el nueve?

Me sorprendió su seguridad y certeza en la pregunta, dando por sentado de mi parte que a Dresli le entusiasmaba resolver puzzles mejor que contemplar el desenvolvimiento en la vida animal.

  • Puede que encuentres el número correcto, Dresli, pero ninguno te va a mostrar los caminos inescrutables de la felicidad que te mereces.

One comment on “La lección de biología”

  1. En un futuro lejano, le tienes que dar a Dreslis este pequeno cuento!!!!


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