El gato extraviado

By: juanrico

Nov 13 2011

Category: Uncategorized

1 Comment

Aperture:f/3.5
Focal Length:37mm
ISO:400
Shutter:1/160 sec
Camera:Canon EOS 400D DIGITAL


Ayax el Grande había combatido al lado de Aquiles en la Guerra de Troya,y al no ser honrado con las armas de Aquiles, pues de tal honor se consideraba acreedor, se volvió loco.  Despreció la armadura que su hermano Teuco le ofreció después de la guerra, lanzándola por los aires al abismo del desprecio, a pesar de las súplicas de su madre,  la pertinaz Peribea, para que no le hiciera tan estúpido agravio a su hermano.

Desconcertante fue su displicencia con Teuco, que, al pedirle su opinión sobre la bella ejecución de su obra -su pericia en la poda de higueras- admitió como una burla imperdonable el hecho de compararla  con el orden de su errática cabeza.

Como colorario, podemos deducir que, si Ayax era conocedor de sus limitaciones, no se puede considerarle loco; tampoco su proceder puede considerarlo hábil;  eso sí, si responde a la ofensa de forma desabrida y con odio rancio, podemos pensar de él  que estamos ante un ser perverso e incapaz.

Olvidó la lengua de sus padres hasta tal extremo que no hablaba con nadie. Sentado en un rincón de su aposento. Aislado. Consiguió, sin embargo, entretener su tiempo: matarlo, cuidando de un rebaño de ovejas.

Recurría al pasado como aliviadero de sus obsesiones sobre el futuro. Al presente lo representaba el Infierno, insoportable y abyecto, del que huía siempre que su música se lo permitía.

Las Cuatro Estaciones de Vivaldi las percutía con obsesionada frecuencia; golpeaba las cuerdas de su cítara hasta sentir las notas del violín o el piano, acompasadas por el zumbido ronquido del violoncelo o un estradivario.

De los sentidos, el olfato le procuraba la felicidad más próxima. Cuando una suave brisa de poniente mecía las flores blancas de los “cistus ladanifer”, y su aroma gelatinoso asilvestrado, aunque con sabor a primavera, envolvía el alma de Ayax en el más suculento de los manjares de su juventud: los montes nevados de los jarales, el vuelo raso de algún vencejo o el rucuurruuu soñoliento de un torcaz en periodo de celo. Si el viento soplaba con fuerza, podría  nublar los montes de Salamina de polen de las orquídeas que crecían ocultas en las laderas, de  pétalos abiertos de labios femeninos, de la “Lavanda” de la aroma refrescante del cabello de Helena, a la que siempre ocultó su amor, por temor a las iras de Melenao, de la aroma que la flor del tomillo desprendía con generosidad en primavera, de la contagiosa frescura de la “Nerium Oleander”  que endémica crecía en las riberas, de las tornasoleadas puestas solares  durante la lentitud del crepúsculo

Su cítara, a la que percutía con pasión, conseguía llenar su alma de espiritualidad: El Ave María de Schubert le embelesaba en recuerdo de su boda, que nunca se consumió;  Las Serenatas de Brahms templaban sus desvelos; y Sus Canciones Fúnebres las escuchaba con escatológico placer. Había olvidado llorar. La última vez que mostró ternura fue al cavar la tumba del más amado de  sus amigos: el perro de compañía, Argos. Cariñoso, obediente y fiel, al que Ayax adoraba por la bondad que no encontraba en los humanos. Sin embargo, Ayax nunca supo amar. Nunca cultivó el amor por temor a un desengaño.  Helena fue su amor secreto siempre e imposible.

Un héroe nunca reconocido: las armas de Aquiles honraron a Héctor. Se sintió despreciado. Abandonado: se refugió en un mundo sin palabras. Sin imágenes. Miedo y pavor, su recurrente soledad. Incapaz de sobreponerse a la soberbia, le sirvió de curil la vanidad, donde refugiaba su fracaso.

Solía percutir sobre su cítara “Toccata y Fuga” de Juan Sebastián Bach, a cuyas notas recurría cuando el otoño daba paso al invierno en el horizonte,y el vuelo de la urraca y el cuervo anunciaba el cambio de estación.

Como la atmósfera que le rodeaba le producía ansiedad, cambió de escenario: la luz de las estrellas por el sol que nos alumbra. Mudó la noche por el día y el amanecer por el ocaso.

La valentía le servía de coraza a la cobardía. Deseaba otra guerra, aunque temía siempre una respuesta hostil. El absoluto le obstruía el paso al relativismo: nunca supo indagar en la posibilidad de estar equivocado.

Las cuatro ninfas del Elesponto, de las que se servía, y a las que despreciaba, no conseguían alejarlo de su ensimismamiento.

Solitario. Oscuro y cobarde, en un acceso de locura segó la vida de su rebaño. La vergüenza que le supondría pasar en el foro de Atenas, le hizo recobrar la cordura y suicidarse.

Un gallo de bellísimo plumaje, de terciopelo negro, despertó la madrugada de aquel sueño, mientras en el ambiente se reproducían las notas de una pequeña Serenata de Amadeus Mozart.

One comment on “El gato extraviado”

  1. Se quien es el gato! Un post demasiado bonito para tal…gatuso


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