Escenas de la Villa

By: juanrico

Oct 13 2011

Category: Uncategorized

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El Ateneo del Peluquero de Guareña

Había estrenado Juanfra la nueva churrería. En su respuesta a mi felicitación por la inauguración, que ya tuvo lugar en enero, observé una mueca de felicidad y preocupación.

El Patillas se había colocado entre la columna que separa la barra en dos y yo. Por timidez, creo, que no me dio los buenos días: recogió, como suele hacer todas las mañanas, el periódico deportivo y metía sus avispados ojos entre sus páginas, mientras uno de los veceros, que, resultó ser el suegro de Juanfra intercambiaba algún mensaje intrascendente con el perrero, en una trivial cháchara.

La estancia rebosaba de pulcritud: el acicalamento de las paredes, con un penetrante aroma a limpio y  sosa, le daba al local una tonalidad pulcra, y el brillo  que destellaba la solería propiciaba al visitante la oportunidad de permanecer dentro más tiempo de lo necesario, a pesar de la concurrencia de unas mujeres, que ocupaban una larga mesa al fondo ,y se disputaban el turno de la palabra a viva voz entre ellas, disfrutando del paladar, que una taza de café humeante, proporcionaba a aquellas gargantas femeninas ávidas de discurso, que, en aquella ocasión perturbaban la quietud de la que  daba crédito el establecimiento de Juanfra aquella mañana fría de un invierno, el cual daba ya sus últimos coletazos,  y de cuyos escalofríos  oportunamente el churrero nos protegía colocando una estufa de leña contra la pared del fondo, de tal suerte que por su situación beneficiaba mejor la espalda del parroquiano, apostado sobre el mostrador.

Recabé la atención del dueño, que como era habitual vestía una bata blanca, tras la cual se dibujaba su silueta, más ondulante que en otras ocasiones, para que me diera información de José Pozo, con el que  tuve ocasión de hablar por última vez ya bien entrado el otoño.

Era consciente de que su respuesta me facilitaría la información oportuna de su estado de salud y vital al mismo tiempo. Mi alivio se hizo presente en su respuesta.

  • Ya me encantaría encontrarme con él, le respondí sin dilación.
  • Hace tiempo que no viene usted por aquí, añadió abusando de mi confidencia anterior.
  • Si. Es que mi hija ha traído una niña al mundo… y ya sabe de los desvelos que en estas situaciones son necesarios. Le confesé sin otra pretensión que justificar mi ausencia, y evitar tal vez algún mal entendido por su parte, de haber mudado mis hábitos de concurrir a su establecimiento: pues en otra ocasión le hice un halago sobre sus churros, que eran los mejores en muchos kilómetros a la redonda.

Por fortuna, aquella mañana un nuevo electrodoméstico de pantalla plana, colocado sobre la pared frente a la entrada, no competía en armonía con el grupo de mujeres de la mesa alargada, que continuaban debatiendo sobre rutinas domésticas, y aunque encendido, no irrumpía enloquecido, como en otras ocasiones, con el estruendo metálico de  las voces que del artilugio salían.

Eché en falta la rancia aroma a humo de cigarrillos de otras veces, que en disputa con el vapor del aceite hirviendo,  proporcionaba al antiguo establecimiento un entrañable sabor a insalubre intimidad.

-Hola, Juan Rico.

Me sorprendió que alguien me llamara no sólo por mi nombre de pila, sino que conociera mi apellido. Se trataba de un viejo compañero de la infancia, al que una dolencia temprana le había estado maltratando desde su niñez. Me sentí sobrecogido por su presencia, con una mezcla de compasión sincera y de entrañable cariño, que el recuerdo de la pubertad suele proporcionar a los seres humanos, cuando cubrimos las últimas etapas de la vida, en un intento inútil de restablecer algo muy adentrado en la temporalidad de la propia existencia.

  • Me gustaría coincidir contigo en la churrería “El Palomar” – le dije,  expresando mi agradecimiento por la deferencia de habernos invitado el café tanto al Patilla como a mí.
  • Sólo me dejo caer por aquí siempre que vengo al ambulatorio a hacerme análisis.

Pretendía corresponder a la cortesía de una invitación , al mismo tiempo que procesaba en mis palabras la solidaridad de una mano tendida a un congénere en situación delicada.

  • Se podía trabajar con él, me confiesa el Patillas, una vez que nuestro personaje abandonó la churrería de Juanfra.

Es muy de humanos hablar mal o bien de otro, toda vez que haya dejado de estar presente. Una norma de naturaleza nada convencional,  que responde siempre a los requerimientos del pudor.

  • Siempre que me llama para recoger higos o para cualquier otra faena, no me niego. Es un buen amo: le dices lo que has hecho, y nunca te regatea diez minutos.

En sus comentarios sobre la edad de Juan Antonio, deduje que el Patillas era más o menos de mi quinta. Fornido, de cabello muy negro, sin apenas una  hebra gris que matizara la negritud de su poblado cuero, de aspecto muy saludable; llama la atención sus descomunales manos,  cuyas caricias habrían hecho las delicias a cualquier mujer, las cuales extendía sin recato sobre las páginas del periódico deportivo, al que parecía que acariciaban y leían a la vez.

  • Mi abuelo murió a los noventa y cinco, sin enfermedad: en la cama se quedó muerto. Atribuía Paco, el Patillas, su saludable aspecto y su madura presencia, tamizada de un aire joven que desconcertaba a cualquier adivino, a la herencia genética del abuelo. Me aceptó la invitación a tomar un café, después de haberme agradecido la cortesía de una copa. Un médico le habría aconsejado no tomar alcohol por haberle detectado un problema hepàtico, a cuyo consejo había permanecido fiel desde entonces, atenazado por el miedo a morir más  que al terror de sufrir una enfermedad dolorosa.

El Patillas demuestra un talante serio y un trato agradable al mismo tiempo. No le inquieta en absoluto mi contrariedad a su fanatismo por el club de Barcelona, a pesar de haberle insistido que no se trata de un club español, y de haber tenido un presidente separatista redomado.

Sin embargo defendía al club catalán por la calidad del juego y nunca por el hecho de ser de Cataluña, aunque se puede generalizar que los trabajadores por cuenta ajena suelen sentir debilidad emocional por la cultura catalana que en ellos cristaliza en el deporte, el futbol en este caso. De cuya inclinación no se libra Juanfra que, para hacer constancia de su simpatía por el club catalán, había ordenado que las paredes de la churrería fueran decoradas con barras perpendiculares de color amarillo y marrón, muy en consonancia con los colores nacionalistas de la bandera.

Los personajes más populares suelen volar de boca en boca entre los paisanos como hojas amarillas abatidas por el viento de otoño, y suelen hilar una conversación deportiva entre ellos, de tal suerte que del fanatismo de algunos por el club de sus ilusiones se evocan personajes, que ya pasaron a mejor vida, de cuyo recuerdo les resulta difícil desprenderse:

  • Fabián era tío político de mi mujer, irrumpió el Patillas pletórico de vanidad por el aludido espécimen,

el cual solía aliviar sus frustraciones por las derrotas de su club, el de Bilbao para más señas, a base de sonoras blasfemias, que para él no significaban otra cosa que una declaración de fe en el Creador, aunque la peor parte se la llevaba su esposa a la que solía denostar con sonoros improperios en tales circunstancias, pero nunca utilizando la violencia.

  • Hay aficionados del Madrid que desprecian el Diario Deportivo, dijo el Patillas apartando hacia fuera del mostrador, con determinación y con el revés de la mano derecha, el diario de Barcelona; y sin embargo, yo leo hasta el Marca, advirtiendo mi simpatía por el club de Madrid,  intentando poner fuera de toda duda su talante abierto ante opiniones contrarias a las suyas.

Juanfra, que propende a tomarse con seriedad su tarea de churrero, no escatimó el momento de volver a traer a escena a otro de los personajes que  el barbero solía acoger en su establecimiento de peluquería: el ínclito Fabián. Y enlazó sin dificultad las blasfemias de Fabián con el iconoclasta Pedro, al que su inclinación republicana le forzaba con frecuencia a denostar a las sotanas y a todo lo que con ellas las relacionara. Y en tan animada predisposición a recurrir a situaciones del pasado que, por su interés o gracia, se disponía a inmortalizar la fama del peluquero, haciendo referencia a la presencia de un apuesto caballero, forastero y muy bien aliñado, el cual vestía un traje de los del príncipe de Gales, de color marrón a cuadros, una camisa blanca impecable de la que se anudaba una corbata de rayas marrón y amarilla, y unos zapatos negros de charol, de tal manera que, por su elegancia despertó en aquella ocasión la curiosidad de los clientes, a los que el maestro se adelantó lanzándole una flecha de indiscreción tan oportuna como desconsiderada.

  • Viéndole vestido de esa guisa, cualquiera pudiera sospechar que va a visitar a Su Santidad en Roma.
  • Precisamente. Mañana por la mañana voy a tomar el avión a Roma.

Todos los concurrentes, corridos por la sorprendente respuesta, quedaron pasmados por el desconcertante y, a la vez, interesante confesión del apuesto y elegante  caballero. Fabián, que no soportaba el incienso en las iglesias, se removía de un lado para otro blasfemando sin parar – profiriendo su muletilla favorita: ¡ Criminales, criminales! – y Nicolás Redondo, al que apodaban así por el parecido con el viejo sindicalista de la UGT, tosía una y otra vez involuntariamente, pues sufría de una obstrucción alveolar, al oír tan extraordinaria manifestación religiosa. El Castellano, que así era conocido por su origen, y había emigrado a Extremadura para hacer las Américas, con su habitual engolamiento al hablar, manifestaba su interés de visitar el Vaticano antes de entregar el plato, del cual los parroquianos solían hacer burlas siempre que hacía referencia a la belleza de su esposa, de la que la concurrencia solía hacer guasa de sus pícaras debilidades.

Era la peluquería de Pedro un lugar de esparcimiento y diversión, donde no sólo se daban cita los clientes que necesitaban los servicios del pelador, sino los vecinos que necesitaban ponerse al orden del día, que, con un par de duros daban por satisfecha su curiosidad al comprar un diario; así como otros menos ocupados, que solían matar su tiempo aportando mentiras y opiniones, muchas  de las veces disparatadas, que servían de solaz entretenimiento a los habituales.

  • A los dos o tres meses -cuenta Juanfra- volvió por la barbería el apuesto caballero del traje de príncipe de Gales, acicalado y haciendo uso de la misma indumentaria, tan bien planchada y nítida que podría decirse que bien podría tratarse de una fantástica aparición. Tan sorprendidos quedaron todos, que sus ojos se abrieron como platos y el maestro esquilador, dejó de trasquilar la cabellera de un cliente, y sin detenerse en mientes le lanzó una puya irónica al corazón beatífico del forastero:
  • ¿ Qué le ha dicho Su Santidad, eh ? ¿ Qué le dijo ?

– a lo cual, nuestro personaje, en defensa de su proclamada inclinación religiosa, sólo le bastó hacer referencia al comentario de Su Santidad sobre su escasa cabellera y reluciente calvicie.

– ¿  Que quién había sido el hijo de puta que me había pelado de tan grosera manera ?

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