Escenas rurales

By: juanrico

Sep 03 2011

Category: Uncategorized

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Aperture:f/2.8
Focal Length:3.85mm
ISO:200
Shutter:1/14 sec
Camera:iPhone 4

El arrepentimiento del Chivo

Un cielo añil de mañana ha hecho su aparición, salpicado de vellones blancos en tropel anárquico hacia el nordeste. Daba la sensación de un apresuramiento desmedido, como si huyeran despavoridos, aunque sobre el horizonte de Poniente, en la lontananza, se podía reparar en unos cúmulos sobre la sierra de la Oliva, que podrían descargar  una tormenta sobre la población a medio día, cuando los peones regresan del tajo.

Me he alzado un poco tarde. Perezoso. La primera masa de churros, Juanfra la habrá despachado entre los primeros campesinos, que suelen  apurarse debajo del manto de estrellas, cuando hacia el sur aun se pueden observar los Castillos o las llamadas Tres Marías – tres luceros alineados sobre el este antes del amanecer.  La causa contra Luís Bárcenas había sido archivada por el juez. La treta de Maquiavelo, de Rubalcaba,  había sido descubierta. Desentrañada la prevaricación de Garzón al servicio del poder socialista en España.

No resultó fácil encontrar un espacio en la barra de la churrería aquella mañana. Me acomodé  sobre el  tramo de barra destinado al servicio, de tal suerte que me incomodaba apearme del escalón  cada vez que facilitaba a la mujer de Juanfra servir las mesas. No se preocupe. Ayudará a la digestión. Un cliente a mi derecha ocupaba todo el espacio de la columna a la pared. Desconoce las elementales reglas de la cortesía. Vestía pantalón playero y camisa de rayas, delicadamente planchada: las aristas denunciaban un planchado reciente. De aspecto pulcro, en absoluto rústico. De apariencia desconfiado y algo retraído. Al ver a José Pozo que atravesaba la puerta, me hizo una señal de alivio con su amplia sonrisa desdentada. Puede dejarle un espacio entre los dos. Sin replicar el paisano acicalado y de camisa planchada, como su mentalidad, auguro, se hizo a un lado sin musitar vocablo. Mi curiosidad se pregunta si muge o gruñe.

La sonrisa abierta de plenitud de José hizo que me sintiera cómodo y me olvidara de la presencia del intruso. Por la noche me llamas de usted y por la mañana me tuteas, le importunó el sujeto, enaltecido por su camisa de rayas y planchada, al bueno de José Pozo, que se sentía importante por la compañía de su amigo forastero.

Le hice el reproche de haber dejado abonado mi desayuno, esperando que algún día no coincidiéramos en la churrería.

Le dejé que abriera el discurso. A José Pozo alguna cuita se reflejaba en su rostro ajado. He manchado de sangre la almohada. Debe ser algún diente. Intento aliviarle de su preocupación. Nunca en su vida ha visitado un sacamuelas. Recurrió a la trágica historia de la muerte de su mujer, que como un fantasma aparecía y se desvanecía una y otra vez; lo cual  sabía sazonar con la fortuna de  haberle beneficiado la lotería por Navidad, con un premio millonario, poco tiempo después del fallecimiento de su esposa. Su memoria es muy simple, como cualquiera de una persona simple y buena.

-”Voy cuesta abajo”, terminó por confesarme.

Añora los años de su reciente viudedad. Sus andanzas de sátiro por los prostíbulos de Almendralejo, Zafra, Mérida y los desvencijados lupanares a un lado de la carretera de las Cruces, en Don Benito. Allí sí que las había buenas y baratas. Cuando vendía los chivos y su amigo “El Cuco” la cebada ,dilapidaban el trabajo de todo el año en prostíbulos de toda la comarca. Era tanta su avidez lujuriosa que llegaban a consumir  todo  el combustible de un  Renault4, sin un chavo para reponer la gasolina consumida.

– No hay por qué preocuparse, les salvó del apuro aquella mañana en Villagonzalo un rico sátiro de Guareña, con el que se habían encontrado Antonio el Cuco y él, en el Puticlub de Mérida aquella noche de jarana, el cual mataba el  tiempo en un surtidor para no encontrar a su mujer aún en la cama. D. Pedro.

  • “ Yo he sido un perdío”, volvió a insistir el bueno de José.

Le alivié su resentimiento, argumentándole que sería el recuerdo el mayor beneficio de la vida.

Carrera que da el caballo, en su cuerpo la tiene. La ha disfrutado. La ha estrujado como un limón. Con el recuerdo la vuelve a vivir. No tiene José nada de qué arrepentirse.

-” He atropellado mucho”, me dijo con una sonrisa de satisfacción.

Se las llevaba al olivar, en las noches de luna llena. Al cobijo de un olivo, las hacía gozar mirando a las estrellas. Al amparo de las cepas, las solía envolver con los brazos verdes de los sarmientos y les adornaba el vientre receptivo con granos de uvas tempranas y amarillas, que, con fruición desgranaba y las recuperaba con sus labios sedientos de placer.

Le invité que mirara a una chica que se había acodado en la barra al otro lado de la columna. Y haciendo un esfuerzo, alargando el cogote para  tener mejor perspectiva, exclamó:

  • Ha estado en la playa. No se desperdicia nada, dijo satisfecho, con una sonrisa de felicidad en su rostro, que mostraba sin recato su desgastada dentadura, y la boca llena de  un amasijo de buñuelos aceitosos; y, un hilo de café se descolgaba por una de las comisuras de los labios, ya secos y arrugados por los años.
  • Como los cerdos -intervino Juanfra, que acechaba de oídas- hasta los andares están buenos.
  • “Yo he sio un perdío” -volvió a insistir  el Chivo en un tono que traslucía arrepentimiento de su vida de crápula, una vez su difunta esposa pasó al mundo de los recuerdos.

Insistía José Pozo Montero que estaba muy mayor; que el stern que le habían colocado en Madrid terminaría por romperse; que sentía un escozor en la garganta, y por la noche había encontrado sangre en la almohada. A su amigo de juergas le había dejado escrito que quemara su cuerpo y rociara las cenizas en un lupanar cualquiera para que las furcias la pisotearan al bailar. Su amigo no pudo cumplir el pacto. Se lamentaba que hubiera tanta “carnaza” en su pueblo, intentando poner freno con sus palabras a la inmoralidad rampante de hoy. Confiesa José Pozo que para aliviarse tiene un contrato mensual con una mujer, a la que le paga por los servicios dos veces al mes. A veces no puede responder: los años le traicionan.

En mi habitual recorrido por la calle Los Llanos, de mansiones de doble planta que se convierten en aposentos de una sola , según uno se aleja del centro de la población, y  de donde me complacen las aromas de los guisos humildes,  de repente me soliviantan unas palabras de mujer a mis espaldas, a las que , sin interrumpir mi trote, ni prestar mi oído siquiera, me advierten de la enfermedad de los nervios que su padre lleva arrastrando en los últimos días. Un rostro hierático. La mirada parece desencajarse de sus ojos. Un rostro telúrico y tenebroso me estremece.

  • !Ya ni siquiera le habla a la novia peruana de su nieto¡

¡ Pobre José.! Que tenga que esperar un mes más para tomar un desayuno con churros en el establecimiento  de Juanfra con su amigo forastero…

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