Dies irae, dies illa

By: juanrico

Aug 10 2011

Category: Uncategorized

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” Clamé al Cielo, y no me oyó,

Mas, si las puertas me cierra,

Tenga El la culpa, no yo” – Calderón de la Barca. 

Había amanecido a penas hacía una hora y la luz solar  de una mañana de agosto, cuyo día se aventuraba tórrido, pues a pesar de la hora aún frotaban sus patas de sierra la langosta… Encendí el motor de mi todoterreno y el Ipo canturreando “Abrázame” de Richar Anthony.

El tráfico en sentido contrario parecía espeso y más rápido de lo habitual: los furgones de mensajería aceleraban como motores que llevan al diablo; la precaución me aconseja que no active el botón de una emisora. Acciono los parasoles de mil y una manera para impedir que los amarillentos rayos de sol me deslumbren y me den un disgusto. Por fin, a la hora señalada en la fachada de poniente de la iglesia. Nos recibimos unos a otros: besos, y discretas sonrisas; agasajos y cumplidos de entrañable cortesía. No se trataba de una invitación a ningún banquete. Un funeral de familia. Puntualmente el furgón fúnebre abrió su tenebrosa puerta posterior para dar salida al abeto convertido en el habitual cáscarón ámbar de crisálida.

A cada lado de la entrada se apuestan dos hileras de dolientes de ambos sexos, a juzgar por el color del atuendo: se detiene la tertulia y el maestro de ceremonias recibe el cuerpo de Antonia que hacía horas había fallecido.

Los salmos y cánticos de siempre haciendo alusión a la esperanza, después de una existencia prolongada, y acogotada por temor a los mitos. El infierno, el Purgatorio, el Limbo. Sin obviar a la protagonista de siempre: la Parca.

Hace un insoportable calor en el interior. Se rompe el concepto de Inversión Térmica. Calor asfixiante en el exterior, e irrespirable calor húmedo y humano por dentro. Dos artefactos sobre cada columna esforzaban sus aspas de plástico para aliviar el tórrido ambiente. Algunas feligreses airean sus abanicos de mano, frenéticas ,intentando secarse los surcos de sudor que recorren sus lustrosos rostros. De pie. De rodillas, Sentados. La misma lectura para la ocasión. Lázaro resucitado. Aquí no termina, aquí comienza. De algo deben valer los rosarios, día tras días, noche tras noche, recitados. Las letanías. Los próximos son invitados a colocarse detrás del ara para recibir las condolencias. En fila de a uno se recuentan a los asistentes. Un responso y una grabación alusiva al Carpe Diem se abre paso entre el murmullo de los dolientes.

El oficiante se deja querer y despide a la concurrencia en el altar mayor. ¡Qué tiempos aquellos, que, arrastrando su ropaje, sotana y casulla y albas, hacía el recorrido hasta el cementerio, quemando incienso, al tiempo que declamaba con pavorosa voz el gregoriano “Dies irae, dies illa”!. Las notas hacían silenciar las aventuras cinegéticas. Las mentiras se silenciaban.El recogimiento total interiorizaba a la procesión la asunción del “ pulvus eris et in pulvo reverteris”. Las bondades del fallecido se silencian. Nadie osaba un displicente comentario en detrimento de la carne que se pudre. Un mismo camino, un mismo destino, el irremisible final de la aventura única se asumía sin desacato.

Hoy. batiburrillo . Procesión rutinaria. No hay dolientes. Un acto social más. Se ahuyentan los recuerdos. Las pesadillas se recapitulan. La imagen escatológica  se convierte en la mejor embajadora del destino fatal. El catafalco apenas ruge en su lento recorrido. Los doliente y próximos en animadas tertulias espantan las fobias, desafiando al destino. De los éxitos. Se esconden los fracasos. Del inconsciente freudiano se adormecen los recuerdos. Las pesadillas profundas. Los prolongados silencios. Alguna lágrima se repara brillante por el sendero de alguna mejilla; algún reconocimiento, algún recuerdo que se escapa furtivo. Se le devuelve al profundo mundo de la conciencia. Continúa el batiburrillo hasta las puertas del Averno. El Camposanto, un daguerrotipo de vanidades : Expresión de inmortalidad en mármol. La inclemencia como bruja enloquecida quita lustre a los nombres y las fechas del lapidario. Las fotografías de los nichos hacen más presente la vida. Prefiero los bustos romanos con cabeza. El Museo perdura a través de las páginas de Historia. Todos son parientes remotos. Nuestras olvidadas generaciones. Es agradable visitarlos en un clima adecuado. Sin lágrimas. Sin calor. Sin frío en los rostros que ya fueron.

Se afana Cerbero, de tres cabezas en abrir y cerrar las  puertas del Hades. Un padrenuestro con la pretensión de obligar a Creonte, el barquero, a elegir la orilla izquierda de la laguna Estigia, donde el ángel del Paraíso espera su alma. Un crucero. El último. Repasa en su recorrido el álbum de su vida y de sus muertos. sobre las aguas tranquilas y patéticas del lago. Han desaparecido las dimensiones de espacio y tiempo. El Paraíso y el Hades no forman parte del mundo sensorial. Otra realidad. La conciencia.

De todas las heredades con las que me agraciaste en tu existencia, valoro especialmente tu última lección. Tu epitafio.

“ Un día yo fui como tú hoy eres”

Terra sit levis. Te deseo.

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