Ding Dong, Ding Dong: doblan las campanas.

By: juanrico

Aug 02 2011

Category: Uncategorized

1 Comment

Aperture:f/5.6
Focal Length:69mm
ISO:800
Shutter:1/4 sec
Camera:Canon EOS 400D DIGITAL


El reloj de la torre de Santa María ha tintineado las doce de mediodía; a continuación las campanas doblan a muerte: dos toques secos, uno grave seguido de otro agudo, como notas musicales  acompasadas en Do y Re: una detrás de otra, a intérvalos de dos o tres segundos.

Dos mujeres en la puerta del mercado comentan señalando con los índices a cada una de las esquelas del tablón de anuncio, colgado a tal fin en la fachada blanca de la puerta principal del Mercado de Abastos: al parecer se trata de otras dos personas que fallecieron por la noche: no se trata de las esquelas de los finados, a los que se les dio sepultura ayer, bajo el cobijo del rito cristiano, por más que hubieran sido ateos o apóstatas. Nuestras vidas hozan como los ríos el lecho del tiempo: cada vez más hondo, cada día más corto. Por consiguiente, al final todos iguales: los mismos ritos, los mismos funerales, las mismas misas, los mismos celebrantes y los mismos cementerios.

A José Pozo, que no cree en Dios, por no haberlo visto nunca, cuando le llegue su cita con la Parca, contra su voluntad , tal vez, la Iglesia Católica le abrirá los brazos en su última y única acogida.

A las doce y media vuelven a doblar las campanas de Santa María con su pertinaz y patético compás fúnebre. En los pueblos la Parca se suele hacer más presente entre los vecinos: al repiqueteo solemne de las campanas no le interfiere el discurrir ruidoso del tráfico de la ciudad, y la brisa del aire ábrego acongoja  mejor a las familias, cuyas casas se alzan al Saliente de la localidad.

Ya han doblado a muerte las campanas de la torre, por segunda vez. Se han disipado las dudas de las lugareñas que muy de mañana discutían a la puerta del mercado si los muertos eran nuevos, o se trataba de los mismos muertos del día anterior. Dos sesiones de campanadas fúnebres, dos muertos nuevos.

Agradezco al Cielo no tener relación de amistad o familiar con los fallecidos. En caso contrario, los firmes lazos de la amistad que fue, y ya no es, me hubieran obligado a participar en el ritual de siempre: una epifanía a la esperanza en perjuicio de una elegía o canto por la pérdida: a muchos le sobra la primera, y a pocos le basta la segunda.

Daisy ha planchado su vestido. Ha dispuesto en orden los pertrechos: ya ha interiorizado que su tarde la completa un nuevo y rutilante escenario: un funeral o dos en la Iglesia de Santa María. Sus oídos, tan proclives a escuchar y  a no oír, se han activado con el aire gallego, que ha redoblado su compromiso con las campanadas de Santa María; y, aunque su agudeza de visión, a pesar de sufrir la opacidad de una catarata en el ojo derecho, atisba sin temor a confundirse, las fotocopias de ribetes negros que cuelgan del tablón de anuncio del mercado o en uno de los batientes de la Iglesia de Santa María, anunciando la identidad del finado, dejando para los demás vecinos las consiguientes especulaciones sobre los lazos familiares y menesteres tanto del uno como de los dolientes.

Por la calle que me conduce a la laguna, ya se despierta la vida sobre las portadas de los domicilios: algunas hacendosas mujeres se afanan en hacer desaparecer de la porción de acerado que les corresponde, el polvo que el viento ha arrastrado durante la noche y la huella de algunas pisadas de viandantes; alguna empleada en una tienda descorre la persiana metálica del establecimiento de manera ruidosa, que pone en alerta a los posibles clientes de que se abren las puertas que satisfagan sus necesidades con oportunidad; algunos ancianos, ayudándose de un bastón inglés caminan a trote y moche, balanceando sus cuerpos de izquierda a derecha con la torpeza de un pájaro bobo; algún coche desvencijado, con las llantas pintadas de negro me advierte que camino por una barriada popular, sin tener que reparar en el cochero que lo guía; advierte el caminante, al cruzarse con otra persona, el espeso aseo personal, considerando el tufo que sus axilas desprenden, consecuencia de una añeja tradición de asearse únicamente los domingos y fiestas de guardar, antes de asistir a misa o ir a la taberna; de algunos hogares humildes se deja sentir la aroma que la leche fresca de vaca desprende al ser cocida para el desayuno, junto con la aromatizante ebullición que una infusión de café desprende.

Dos chicas de corta edad, una vistiendo atrevidos shorts que insinúa su vértice corporal, fuman como dos endemoniadas mientras se lamentan del precio de los cigarrillos, vicio al que se verán abocadas a abandonar, si su trabajo no mejora- comentan descorazonadas.

¡ Qué madrugar tan tempranero tienen algunas jovencitas, un sábado por la mañana o  ¿ acaso acaban de “dar de mano”?!

No más allá de los últimos corrales, se divisa la silueta de la alameda  hacia la que dirijo mis pasos hasta la laguna: el caminante puede oír nítidamente el arrullo de una tórtola, anunciando otro día de calor agobiante, que extenuará a los labriegos en el páramo, a la sombra de los olivos o , tal vez, aliviados por la brisa cálida de los maizales por donde transcurren  los húmedos surcos del regadío; la pertinaz canción de la chicharra verde y parda acompaña en su monotonía  a los pálidos rayos del sol de levante, amenazador guerrero de fuego y temple.

One comment on “Ding Dong, Ding Dong: doblan las campanas.”

  1. QUe tetrico pero que bonito y bien contado.


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