Los Chinos

By: juanrico

Jul 19 2011

Category: Uncategorized

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Se trataba de una de esas tardes en las que cualquiera no espera encontrarse

con nadie; pero, era una tarde de plomo y fría, el sol se había ocultado toda la mañana  tras una densa nebulosa niebla que, por momentos, me recordó aquel Londres en la Navidad de un año cualquiera en los sesenta, cuando la ciudad se semejaba a un barco fantasmagórico que se desperezaba para emerger del manto pavoroso de la persistente niebla que, junto con el smog de las chimeneas de carbón y las montañas de detergente que se desplazaban lentamente río abajo hacia la desembocadura, producía en el transeúnte cierta congoja de impotencia ante tan desproporcionada contaminación ambiental.

Igual que entonces, eran escasos los paseantes que se atrevían a salir de su escondrijo ,y los pocos atrevidos que habíamos dado el paso a desprendernos de la somnoliento modorra que suele producir las interminables horas, escuchando las insufribles talk-shows de famosos y famosillos, de sus cuitas y cuidados, de sus aventuras amorosa y desventuras, de sus éxitos y fracasos, que solían conformar la moralidad pública del momento… y zambullirnos en la piscina casi desierta de la otrora concurridas avenidas de la ciudad.

Llegó, compujida al establecimiento, casi sin aliento; el atribulado semblante de su rostro, que apenas cubría una melena de cabellos oscuros y lisos, que se recogía hacia dentro detrás dl cuello y las puntas bajo su barbilla, nos adelantaba que alguna urgencia traía  postrada a Isabel Agnus, cuyo singular apellido sorprendía incluso a los experimentados notarios. Había aparcado su lujoso coche en las inmediaciones y dejado los intermitentes encendidos, de lo que se podía colegir que iba a permanecer en la lonja durante poco tiempo.

  • “A mí, me tocan todos los marrones: mi vecina ha perdido a su perro -un yorkshire de raza-” ; que, formando un círculo con los dedos índice y pulgar, dejando extendidos a los demás, se lo aproximó a los labios con el objetivo de refrendar la autenticidad del can.
  • “ lo mismo se lo han robado” – añadió. Los empleados de la tienda sabían que la señorita Agnus no ocultaba que pertenecía a esa extraña clase noble, de la cleptocracia. Y por consiguiente, era necesario mantenerla distraída.
  • ¡ Ah! ¿ Está usted ahí ? manifestando su sorpresa, me saludó cordialmente, y añadir a continuación que, a ella no le gustaban los perros.
  • ¿ Y los hijos, Isabel, le gustan los hijos ? llegué a inquietarle con mi pregunta, para añadir  oportunamente, que tenía una sobrina, la cual le mostraba más cariño que a su misma madre.
  • Dicen que los sobrinos quieren mejor a sus tíos que a los propios padres, añadió.
  • Eso depende, Isabel. Según sean unos y otros, le puntualicé intentando rebatir su argumento.
  • Eso es verdad. Contestó persuadida.
  • Sin embargo, ni usted ni yo lo podemos aseverar con rotundidad.
  • Yo, por que tengo hijos, pero no tengo sobrinos; y usted, por que tiene sobrinos, pero no tiene hijos.
  • Eso es verdad, también; pero, verdad, déjeme que le cuente… A mí no me gustan los niños chinos…
  • ¿…? arrugué mis cejas grises para mostrarle mi contrariedad.
  • Si, sí. De verdad

Pasó a contarme una historia, cierta; que, así lo atestiguaban sus palabras y sus veraces gestos… de unos amigos suyos, que, a la sazón, y muy a su pesar, se habían visto obligados a viajar a China en busca de una adopción. Consiguieron hacerse con una niña, muy bella; pero que según su percepción despedía mal olor.

  • No, no es que huela mal. Es que huele raro. No sé si la piel o… recortó por prudencia lo que fuera a decir a continuación…y se paró en seco, como el conductor que da un frenazo ante un peligro inminente.
  • … ¡ Y mira que a mí me gustan los niños ! añadió agitando su mano derecha varias veces al lado izquierdo de su mejilla.
  • … ¡ Pero que no, que no y que no : que los chinos huelen muy mal !
  • Deberíamos, Isabel, acabar con las tiendas chinas “Todo  a un euro”. Ahora entiendo por qué en España a los cerdos los llamamos además, “cochinos”. Le advertí, al tiempo que entrecruzaba el dedo índice y corazón, y los giré unidos repetidas veces, intentando que entendiera el equívoco.
  • ¡Ja, Ja Ja !  profirió con una abierta carcajada, en muestras de haber asumido la gracieta.
  • ¡ y los negros, Isabel, no huelen mal, los negros !

Admitió que sentía una especial deleite por los negros. Ante lo cual, encorvé otra vez mis cejas blancas y grises, y algo desprendida la derecha, mostrando una vez más mi inquietud. Pasé a pensar que nuestra protagonista habría tenido algún “affair” con un mozo de raza negra. Y sin esperar in mientes añadió:

  • A mi me gustan ni muy negros ni muy blancos. Como tostados.

Pasando, a continuación, a contarme una historia de verdad: que, cuando estuvo en Burundi, en una ONG- Médicos sin frontera- se produjo un explosión en el hospital, a causa de un ataque terrorista, y murieron muchas personas, dejando a niños sin padres, de cuyos huérfanos consiguieron traerse uno a España – de contrabando y metido en una caja de corcho con el anagrama de la cruz roja en la tapadera ; sin que le pusieran objeción en las aduanas. Era un bebé recién nacido.

  • No me la metas atravesada, Isabel. ¡ Cómo me puedo creer tan ingente trola !  ¿ Es que los bebés no respiran ni lloran ?
  • Claro que sí. Pero los médicos lo anestesiaron para que no llorara durante el trayecto, y no fuera descubierto.

Se lo quedó una enfermera compañera de Madrid, a la que suele visitar, y llevándose el brazo derecho con la palma extendida, por encima de su cabeza y alzándolo hasta el último extremo, dijo hiperbólicamente:

  • Siendo una niña joven de quince años, no coge por esa puerta, señalando con su otra mano la salida del establecimiento. Fíjese lo que ha crecido.
  • ¿ habla el burundí?
  • No. ¡ Qué va !   Ja, Ja, Ja
  •   Isabel, ¿ Sonia, que así se llamaba la negrita, huele distinta ?
  • Nooo. Es la china de mis amigos, la que despide un olor, que no es que hieda, más huele raro, ¿sabes?

Los padres de  An-ying, que así se llamaba la niña china, al parecer, habían conseguido engendrar, antes de su viaje a China;  que, sin embargo, como tenían comprometido su palabra, no renunciaron a la adopción. Y hoy se alegran. Aunque los padres se desviven por las dos niñas, el padre siente una inclinación ostensible por An-ying, a pesar de no ser hija natural suya.

En su determinación por explicar el extraño olor de los chinos, Isabel atribuía la causa a las enfermedades que el bebé había sufrido antes de ser adoptada; a los malos tratos, pues aún -reconocía Isabel- que se notaban las marcas en las dos muñecas y en los tobillos de haber estado de pies y manos atada. Aunque no pasó por alto la circunstancia por la que la madre habría superado dos enfermedades graves, que habría repercutido en la salud de An-ying.

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