Acerrrima proximorum odia sunt

By: juanrico

Jun 03 2011

Category: Uncategorized

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Aperture:f/2.8
Focal Length:3.85mm
ISO:100
Shutter:1/120 sec
Camera:iPhone 4

Cuando la realidad supera a la ficción.

Aquella tarde noche al regreso de un rutinario paseo hasta la laguna, apostado al batiente de la entrada de un aposento humilde, que resultó ser de su propiedad, me detuvo José Pozo, el Chivo, con un saludo afable y una invitación de insistencia que rayaba en un exceso de amabilidad.

-Pase,pase…

Ante mi resistencia y su apremiante invitación José insistió:

-Venga. venga y vea mi casa por dentro…

Con el fin de salir de tan embarazosa situación, pregunté por Viky, el chucho cruzado del que siempre se hacía acompañar por el paraje de la laguna tanto por las tardes como por las mañana José Pozo Montero: los tres nombres y apellidos por los que le gustaría ser conocido y nombrado en lugar del motejado “Chivo”.

-Viky, Viky! reclamando la presencia del viejo cánido, terminó por aparecer en un ondulante caminar, de perro artrítico o  de inseguro andar, propio de un vulgar beodo.

Sin reparar en las dependencias a uno y otro lado del pasillo me llevó al fondo del habitáculo, el cual consistía en un espacio encementado y abierto, de cuyas paredes pendían dos cuerdas entrecruzadas de las que colgaba una lencería pobre y escasa.

–  ¿ Usted se las apaña sólo, Sr. José?

Y en estas nos encontrábamos, cuando apareció una mujer joven embutida en un vestido de color oscuro, de buena presencia y estilo, de no renquearle la pierna izquierda, y sus ojos rajados inclinados hacia arriba por el rabillo, que le daban un aspecto hierático y algo patético.

-¿Su nieta, Sr. José?

-Es hija. Está desepará. Vive aquí con mis dos nietos y hace las faenas.

-He ampliado y construido el doblado.

-Suba, suba que “anque” no está terminao es un piso.

José Pozo esbozaba su siempre abierta y amable sonrisa, mientras la señora, su hija, exhibía una inexpresiva mueca… como si quisiera denotar algo de embarazo.

-hermosa y espaciosa cochera, Sr. José.

-Si usted la necesita, aquí la tiene.

¡ Qué sincera generosidad de las personas sencillas !

– Cuando se envenenó mi madre, yo tenía sólo doce años. Entré en una depresión tan grande…mire usted. Ya se lo habrá contado todo él. A todo el mundo le cuenta todo.

– Ella tiene un hijo que tiene relaciones con iuna chica peruana, verdad?

-Papa, tu lo cuentas todo. Ya sabes, papa, que a mi me gusta, que es muy buena, que lleva muchos años en Guareña, que es  española y sus padres, aunque son forasteros viven y trabajan aquí, Así que, papa, no te metas con ella!

Me sorprendió el acaloramiento de la hija de José que demostraba una inclinación desmesurada hacia su futura nuera, la cual realizaba estudios de Secundaria y tenía proyectos de futuro. Pero José, un hombre de sentimientos rancios no concebía que su nieto, al que había criado con denodada pasión lo engañara una chica del Perú.

– Anda que no “jan” engañao las extranjeras aquí, en Guareña, y luego loh jan dejao

-Papa que no te metas, que no te metas… que están enamorados y ella es muy buena!

José Pozo insistía sobre lo mismo: las extranjeras para los extranjeros. Aquí en el pueblo hay muchas españolas y buenas para mi nieto. Y su hija levantaba la voz cada vez en tono más alto, lo cual me hacía concebir la idea de que la situación podría convertirse en dramática.

-Mire usted, Sr. José. Son jóvenes y ellos tienen que vivir solos. Usted es mayor. Tercié con la intención de templar la discusión familiar.

-Eso, eso. Ya tiene ochenta y cuatro años. !Papa, no te metas, no te metas!

– ¿ Cómo va con la colitis, Sr. José ?

-Ya no tanto.

Me indicó juntando el dedo índice y el pulgar, formando un círculo con los demás dedos extendidos y estirando el brazo hacia atrás a la altura de los cuartos traseros, hacía aspavientos a modo de recuerdo de lo que había sufrido con la gastroenteritis, durante un período prolongado en exceso, que, gracias a los desvelos por su salud de una doctora marroquí, que hacia sustituciones en el centro de salud, le había resuelto la impertinente dolencia, y José reconocía como una eficiente doctora, aunque era “mora”, a la que comprendía perfectamente, merced a los tres años que transcurrió entre ellos, al servicio del Regimiento Hernán Cortés de Mérida, adscrito a la legión durante aquellos años.

– Es todo mentira, mire usted. Fue un ateese el que le puso la inyección ,y se le quitaron los mareos. No fue la doctora marroquí. Mientes, papa, mientes.

Agotado por la desesperación de ver la imposibilidad de terminar con la obstinación de su hija, terminó por añadir.

-Me voy a ir a Madrid con mi otra hija. Ya está.

-Tu, papa, no te vas. Ella está fuera todo el día, trabajando y su marido también. Tú, papa, no te vas.

José Pozo, en un arrebato de desesperación ante su falta de argucias para detener a la hija en su obstinada acusación, intentaba acuñar un inocente chantaje de preferencia por la hija de Madrid.

-( Aparte: al día siguiente) Es una bicha mala. Después de haberle criado a los hijos y darle la mitad del piso…Todavía no se le ha pasado la discusión de ayer tarde.

Sentí una profunda pena por la bondad y por la candidez de José, arrinconado entre el sufrimiento por la maldad de la hija y el deber de persistir en la obstinada convivencia.

– Al yerno, que es guardia civil, le han robado el sótano de la casa de campo que se ha construido en el pueblo, en Cáceres. No respetan ni a la propiedad de la autoridad.

Comentaba José pozo a modo de terapia que desviara la violencia por otros derroteros.

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