El Chivo, el Churrero y el Patilla

By: juanrico

Dec 15 2010

Category: Uncategorized

1 Comment

los mejores churros de la comarca



Una mañana de lluvia fina, – “está cayendo una rabia”, se oye decir por estos parajes- que, según los lugareños es muy buena para que la aceituna engorde. Sin embargo, según la larga experiencia del Chivo,  el agua llega tarde, pues la aceituna ya ha madurado.

No había muchos parroquianos en la churrería aquella mañana. Cuando entré, enmudecí por la  grata sorpresa de ver a José Pozo, que en la barra se disponía a efectuar el abono de su desayuno. Parecía como si me hubiera estado esperando. Había sacado un billete de diez con el que pretendía invitarme: a lo que me opuse, con reiterada objección, cuando Juanfra se prestaba a retirarle el billete.

-Nooo!. Si sólo le voy a cobrar el suyo.

-No le cobre. No vamos a hacer la”convidá del gitano” – apuntalé, con renovada contundencia.

-Ya somo to gitano. Estamo mezclaos – argumentó el Chivo con una obstinada insistencia de llevar a efecto su generosa disposición.

De ninguna manera podía consentir que José Pozo, un pensionista de quinientos euros, un “quinientoseurista” pusiera en práctica su natural predisposición a hacer valer su determinación, a la que suelen ser muy dados  la buena gente de cualquier pueblo, sobretodo, cuando se topa con un forastero de la ciudad, al que consideran una persona ilustrada y, por consiguiente, adinerada y sabia. Con la aquiescencia de Juanfra y mis dotes de persuasión, José Pozo retiró el billete del mostrador y lo metió en un monedero mugriento, ennegrecido por el roce. Observé cómo el Chivo rebuscaba en su cerebro la frase más ajustada para agradecerme la deferencia que con él había tenido, ante la sorprendida mirada de Juanfra y otro lugareño, de carnes escuetas y delgado como un alambre, al que José me presentó como “el Patilla”.

– Tiene una reala de más de cincuenta perros, me dijo el Chivo, a modo de tarjeta de presentación, como alegato de ser una    persona importante entre sus paisanos.

-¡  Pues, éso deja un dinero sustancioso, José !

– No es suya. La cuida. Y uno le mordió una vez, y lo tuvieron que operar de la cabeza. ¿Verdad, Patilla ? recabando el certificado de autenticidad al Patilla.

– No. Fue a mi hermano a quien un perro le mordió la cabeza. Lo tuvimos en la UCI de Mérida,y estuvo más pallá que pacá.

Había entrado el Patilla a formar parte de la peña en la churrería de Juanfra, al que por cierto  yo solía ver casi todos los días, apostado a un rincón del mostrador, hojeando un  diario deportivo, delante de una copa de anís de orujo  o aguardiente, con el que Juanfra solía conversar sobre los resultados y las victorias de su equipo de fútbol favorito.

– Es muy peligroso trabajar con una jauría tan numerosa. -intervine en la conversación,  con  un  poco disimulado temor a inmiscuirme en algo que no me competía; mas bien, por la poca relación de confianza con el Patilla, al que acababa de ser introducido.

Sin el menor empacho, y considerándose seguro de estar en lo cierto, aseveró alzando el brazo derecho,  y  agitando el antebrazo hacia delante, con el índice amenazador:

-Perro que muerde una vez, ya no muerde más  -afirmó con  contundencia.

– Tenga usted cuidado con el maltrato a perros y a mujeres -hice la observación-; sin la menor intención de mezclar a las féminas con los animales domésticos, aunque considerando como conveniente la oportunidad que la ocasión exigía:

– No se los maltrata. Basta con una inyección y a dormir -argumentó el Patilla en contra del maltrato, con una inclinación de cabeza y, colocando el lado derecho de su rostro sobre la palma de su mano derecha , al tiempo que, usando el dedo índice de la mano izquierda como cuchillo, y  con   la rapidez de un matachín, se daba  un tajo mortal él mismo, de tal suerte que el gesto  relacionaba  la muerte  súbita del can con la eutanasia.

– A los perros, como a los niños, hay que enseñarlos desde  chico. Si muerden  una vez, se les castiga, y no vuelven más;  se explayó el Patillas,  poniendo en evidencia el  conocimiento  de un experto en pedagogía.

– A las mujeres, tampoco, se les debe maltratar, pero una “hostia”- ¡zas!- que no hace daño,  no viene mal,  concluyó  el Patilla, reafirmándose en su sesudo razonamiento sobre el maltrato.

El volumen de la televisión no estaba lo suficientemente elevado, y José Pozo pidió a Juanfra  que le confirmara si el pronóstico del tiempo valía  para  aquel  día  o para el siguiente.

-Para mañana. -respondió el churrero secamente, con una tonalidad  desconsiderada,  al requerimiento del Chivo.

-A la política -dirigiéndome a la televisión- hay que tratarla como  a una madrastra , o  como a una suegra. Siempre consiguen lo  que quieren mediante el engaño o el circunloquio  -dije con un atrevimiento imprudente.

Advertí que José Pozo volvía a arrugar el ceño, y a mover sus  pícaros ojillos con una velocidad  vertiginosa, la cual suele aplicar cuando no está de acuerdo con algo, e intentaba hacer una puntualización oportuna, de tal suerte que  destruyera  mi categórica afirmación. Mientras tanto, la mujer de Juanfra levantaba su cabeza, de cabellos rubios rizados, desde detrás del mostrador, tal vez sintiéndose aludida; si bien, su prudencia se alió a un cómplice silencio.

-Toas la suegra no son mala, -terminó por decidirse a opinar José Pozo, no exento de cierta timidez.

La conversación se agotaba y, José Pozo me pidió la hora, justificándose que debería ir al banco, porque la bolsa estaba mal. De lo que intuí que José Pozo tenía ahorros en Bolsa, y necesitaba venderlos.

– Mejor cuanto antes, José. Que los tiempos pintan mal para las inversiones en bolsa, le dije intentando aconsejarle oportunamente.

-¿ El día uno eh fiesta ?

Extraje de mi billetera un calendario y comprobé que sería Martes. De lo que oportunamente le informé.

– Nóo. No e héso. La bolsa que está mal eh la de mija, y tiene que jacer la compra – me dijo.

Comprendí que,  en la fecha de los días primeros, cobraban el subsidio los desempleados y los jubilados. A lo que le indiqué que el día librador de los pensionistas eran los veinte y seis.

– Aquí en los pueblos, en los bancos acarician el lomo de los billetes unos días para sacarles brillo, antes de ponerlos en la cartilla. ¡je, je, je!, dijo con una suspicaz picardía de denuncia, de una irregular e injusta práctica.

– Pero, si necesitas dinero, te lo dan.

José no conoce la palabra: adelantar. Intentando justificar la demora en el libramiento del efecto.

– ya no nos vamos a encontrar en unos cuantas semanas. Hoy me marcho a la ciudad, le dije,  al tiempo que abría la puerta de la churrería para cederle la prioridad, en la salida. Una cínica cortesía, aparentemente; pues podrían considerar el Patillas y Juanfra que se trataba de una deferencia inapropiada, y que el Chivo era un pobre lugareño, aunque limpio, pero de simples modales.

– Hay que abrigarse, José; que llueve. Le dije, mientras me mostraba orgulloso y muy empavonado -por la procedencia de la prenda-   un impermeable azul, que su yerno le había traído de Madrid,  del cual se sentía vanidoso, cuando me relató que se trataba de un “shuvasquero” de  policía.

Me dio la mano para despedirse. Sin obviar el recuerdo de la muerte, con recurrente presencia: con un sencillo y sincero adiós, añadió, que me invitaría a desayunar churros si seguía con vida . Me recordó una vez más que tenía colocado un muelle en la carótida, señalando con el dedo índica un lugar aproximado a la altura de la clavícula del lado izquierdo, al tiempo que con sorna me comunicó que el otoño se había llevado, a unos doce, que solían ocupar los bancos del paseo junto a la gasolinera; y, haciendo gestos con la mano, me prometía no sentarse jamás en ninguno de esos asientos. Por ello, comprendí que su obsesión consistía en dar paseos  largos; y  olvidar la taberna.

-¿ quiere usted un vaso con agua ? le había invitado antes de abandonar la churrería.

-Si. Tengo que tomar las pastillas. Y desenrollando una servilleta de papel, colocó dos comprimidos sobre el mostrador, señalando a uno más grande que el otro…Ya me “solvidaban”.

– Este grande es para el muelle y el pequeño para la tensión. Tengo que ir a Madrid a revisión: me ponen en una correa de fuerza y me dicen -”hasta dentro de seis meses, José”; y pa casa.

Daisy, me recibió en la puerta de su casa y me invitó a pasar. Declinando su invitación, y justificando que me iba a mi casa, le agradecí la cortesía. Me respondió con  una irónica sonrisa -intuyo-, por tratarse de una persona con problemas de audición. Posiblemente pensaría como  improbable que, en aquellos momentos, yo  abandonara el pueblo, o que,  el inmueble, al que me refería, no era de mi titularidad.

Daisy tiene un sentido casi atávico de la propiedad,  y poseía una innata predisposición a controlar tanto a personas como a haciendas.

One comment on “El Chivo, el Churrero y el Patilla”

  1. Menuda pandi!


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