La locuaz Daisy

By: juanrico

Dec 07 2010

Category: Uncategorized

1 Comment

Aperture:f/3.5
Focal Length:35mm
ISO:400
Shutter:1/4 sec
Camera:Canon EOS 400D DIGITAL

Érase una vez...

A pesar de un frío recibimiento, Daisy se adentraba, sin prejuicios propios de una inteligencia natural sorprendente, en una locuacidad irrefrenable; sin reparos ni obstáculos limitados por las normas de la cordialidad,  me volvió a sorprender con recurrentes objeciones a mi propensión natural a una inocente coquetería, cuando una vez más resolvía ordenar mis escasos cabellos rizados delante del espejo del comedor, de marco dorado pretencioso; y, sin tener la menor intención de provocar algún exabrupto por parte de Daisy, desnudé mi cabeza de mi mascota de fieltro marrón “outdoor” para atusarme los pocos tirabuzones grises, que se descolgaban de la parte posterior de mi cuello. Me volví hacia Daisy, que seguía sentada en un sofá de color rojo de terciopelo vencido, al lado derecho de la estancia, murmurando en tono elevado, tal vez, debido a su senil sordera. Y de pronto exclamó:

-¡ Te digo que, por mucho que te mires al espejo, eres un viejo como yo!

-Daisy, a mi me interesa la belleza.

-¡ Anda, anda ! ¡ la belleza !

De un plumazo advertí que, con una descalificación sincera, me descartaba para competir en algún concurso de los que hoy se anuncian profusamente en los medios – “Participe en el Concurso Nacional de Mister”- o similares. Que dicho sea, en mi vida jamás se me había ocurrido tomar parte en semejante deporte, si así se puede llamar a una convocatoria narcisista de idiocia.

Lo que más me indignó fue su obstinada opinión contra la belleza – siendo lo bello, lo único inmortal de la existencia del ser humano- Sin un argumento que fuere, si no ajustado, sí convincente.

-¡ Tú eres una anciana, Daisy. Yo, un viejo: de acuerdo ! – protesté sin maliciosas intenciones. Ciertamente las dos palabras establecían la frontera de los años. Me acordé del viejo de Hemingway que tras haber capturado un pez de dimensiones extraordinarias, consiguió llegar a las costas de Australia, aunque a su destino consiguiera llegar sólo con la espina dorsal y la cabeza del cetáceo, pues los voraces depredadores marinos habían dado fin a las suculentas carnes del pez. Se trataba de un viejo, inmortal y tierno.

Advertí en su rostro que aquella observación por mi parte, le había proporcionado una cierta inquietud en su interior.

Una anciana, puede que acredite  una cierta categoría de consideración y respetabilidad, pero para una persona como Daisy, también, una cierta connotación de impotencia o inutilidad. Inconsciente, probablemente, asociaba a la senilidad con  la incapacidad de ser útil.

A los ancianos no les parece preocupar el estado de salud de los demás; sobretodo , si los otros no guardan una relación de parentesco próxima. Constato que,  el miedo a perder la salud ellos mismos, está siempre presente, a pesar de una dilatada vida.  Y  Daisy no era ajena a esta reflexión: ella protestaba siempre que hubiera que concertar una visita médica con una elocuente objeción – los médicos siempre te encuentran algo malo-  solía argüir.

Sorprendida por los generosos cuidados que la sobrina tomaba de la artrosis en el pulgar mi pie derecho, cuyo dolor me había postrado cinco días en una inmovilidad desesperante, aplicándome un antiinflamatorio que aliviara el dolor, no pudo evitar tan humillante entrega a mi salud, y con marcada contrariedad protestó:

-¡ Es que te observas mucho !

-A mí no me gusta ir de médicos, le dije, sin resignarme a no utilizar sus propios argumentos. A lo cual,  con un descaro oportuno a modo de consejo, añadió:

-¡ Mira, los médicos siempre encuentran huesos, carne y tripas !

Daisy reconocía  en sus palabras que los médicos encontraban enfermedades; pero ella, detrás de un oculto disimulo, intentaba liberar a la sobrina de tan pesada carga, ocultando las dolencias bajo el velo de las “casquerías” del cuerpo humano. Ya sé que, tan desproporcionado cuidado no tenía nada que ver con la tierna caricia de un vaso de agua, más densa que el azogue para los labios de un enfermo, o  a la cabecera de un lecho mortal, me daba en pensar.

La habilidad de Daisy en lanzar reproches era  tan sutil que parecían encajes de bolillos en una tela de araña envidiable; pues, con gran maestría, sabía ocultar su  intención última a oídos ajenos.

-A pesar de cenar ensalada, tardas mucho, -me censuraba puntualmente.

En defensa propia, le hice la observación que, si ella no se hubiera puesto “los piños” nuevos, también sería lenta en masticar lechuga y rábanos; al tiempo que la  invitaba a considerar la falta de algunas piezas de mi dentadura.

-¡ Yo, cuando me gasto “los millones” ya no pienso más en ellos !

Tan  desconcertante estuvo en su reacción que, por su extemporánea respuesta, levantó un brote de hilaridad entre los presentes. A las personas de edad, asegurarse una vida sin sobresaltos, les suele hacer más dependientes del dinero que a los jóvenes, y Daisy representa el paradigma.

Aún no habíamos dado con el fin de la cena, cuando nos sorprendió a todos, como siempre, un simpático comentario sobre un profesional del servicio meteorológico de una cadena de televisión regional, que se movía con cierta torpeza delante de los paneles del mapa de isobaras, el cual vestía un traje oscuro y, de talle estrecho, de tal suerte que el pantalón traslucía la hendidura de los glúteos, bastante prominentes y turgentes.  Sin una intención provocadora, advertí que el sujeto lucía un corte de pelo llamativo, por el rapado en profundidad al que había sido sometido su cabello. Nuestra entrañable Daisy, coligo que, advirtiendo cierta malicia en mis palabras, se sintió tocada de un fervor patriótico local y protestó con un tono airado, y algo desabrido:

-¿ Mariquita… siendo de Cáceres ?  ¡ Es un tío, tío!  ¿ No ves, además, la cara bruto que tiene ?

-Ya, no entiendo nada, Daisy,

puntualicé delicadamente, intentando librar hierro ante el posible acaloramiento de nuestra protagonista, que se había erigido en defensora despiadada de los sujetos de pelo rapado. Había comprendido que la belleza masculina, para Daisy, tenía mucho que ver con la hosquedad y el rudimental desparpajo en los movimientos del varón.

El interés de Daisy por la vida natural lo ponía de manifiesto todas las tardes delante de la televisión, al seguir con indisimulada atención la proyección de programas sobre la naturaleza en la sobremesa. Aquella tarde no  se trataba de la vida del mundo submarino ni de aves rapaces, si no de  las relaciones en la selva de los babues, de los que cualquiera pudiera quedar sorprendido de su parecido con los humanos. Sin embargo, reiteradamente expresó su desagrado por “los monos”, a los que calificaba de asquerosos, sin reparar en una escena  en la que una hembra se apareaba, en aquel preciso instante, con un macho babue, bien dotado de masculinidad, a juzgar por la impresionante dimensión de su miembro, y de  su envidiable destreza  en su natural y persistente “meteisaca”.

Sorprendía que Daisy, nonagenaria, pudiera avergonzarse del comportamiento de los babues en sus relaciones reproductivas: su fructífera experiencia,  de una persona longeva, parecía, no obstante,  desmentir tal supuesto.

– ¡ Los monos son asquerosos ! Terminaba diciendo categóricamente, una vez más.

Sospecho que por el rabillo de su ojo derecho, algo indecente habría percibido entre la pareja de babúes.

One comment on “La locuaz Daisy”

  1. Jejejeje que bueno! Si hasta Daisy parece real de lo bien que lo cuentas!


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